Verano del 73

Estoy en el autobús. Recuerdo haber sonreído al sentarme en la primera fila. «Como la gente importante que sale en las películas», he pensado. Hace rato que he perdido de vista a mi madre y al vaivén de su brazo mientras se despedía. A esta edad todavía no tengo constancia del tiempo, pero me ha dicho que no voy a verla en los próximos dos meses. Me voy al pueblo. Con mis abuelos.

—¡Déjelo en la parada de Cedramán! —le ha dicho mi madre al conductor mientras le enseñaba el billete del autobús. Luego lo ha doblado de forma meticulosa antes de guardarlo en uno de los bolsillos de mi pantalón.

—Te lo dejo aquí, por si algún inspector te lo pide. —Me ha dado un beso de esos de ruido.

El conductor ha recibido las instrucciones precisas. No hace falta más, ni tiene que anotar nada. Está acostumbrado a ese tipo de encargos. Ha dado una larga calada al cigarrillo y me ha arrojado casi todo el humo a la cara mientras asiente a las palabras de mi madre. No importa, todo el mundo fuma y yo, cuando sea mayor, también lo haré.

Aún no existen autorizaciones firmadas ni reglamentación que impida a un menor viajar solo entre tantos adultos. Los niños no desaparecen. Al menos, si lo hacen, nadie habla de ello ni sale en las noticias para no ensuciar el orden del Régimen.

En Lucena el autobús para media hora. Nadie me dice que no baje. No lo hago. Huele fatal y veo salir un humo gris y denso de las ruedas. El conductor parece tranquilo.

—Solo son los frenos —dice.

Desaparece en el interior de un bar. Enseguida sale un chico, no mucho más mayor que yo, con un cubo de agua. Escucho un siseo. Ahora hay más humo y es menos denso. Parece que ningún pasajero va a morir quemado hoy.

La dichosa media hora ha pasado lentísima. Ya vuelve a rascar el cambio de marchas en cada curva. Son muchas. Decido que algún día las contaré todas. El motor ruge en las subidas. Hay carteles troquelados sobre el parabrisas. «No escupir», «No hablar con el conductor». Todos hacen caso del primer cartel. No habrán leído el segundo. Uno de los pasajeros ofrece un caliqueño al conductor, le da fuego con una cerilla y él también se enciende uno. Si hay algún mosquito en los alrededores desaparecerá en segundos.

El autobús deja la carretera principal. Esta es más estrecha y tiene aún más curvas. Estamos llegando al cruce donde debo bajarme. Ni se me ocurre pensar que mi abuela no esté esperándome allí.

Está. Claro que está. Toda vestida de negro. Muchos años después, cuando tenga su misma edad, hablaré de lo mucho que envejece la vida del campo al recordarla. Me come a besos. Agarra la maleta con una mano. Con la otra me agarra por un brazo y me sube a su espalda. Camina tres kilómetros, todos de subida, conmigo agarrado a su cuello. Son veinte kilos de niño. Un saco de patatas pesa tres veces más. Para ella esto es un paseo. Tendrá la cara arrugada, pero es fuerte como una roca.

Al pasar frente a la casa de Carlos mi abuela detiene la marcha.

—¿Te quedas? —pregunta.

No respondo. Carlos está en la puerta, asoma la cabeza tras la cortina de canutillo. No lo veo desde Navidad. Da igual. Me descuelgo de la espalda de mi abuela y ella sigue el camino en dirección al cielo, su casa, que algún día será la mía. Es la más alta del pueblo. Cuando de mayor escriba una novela ambientada en ese lugar la llamaré El nido del águila.

Apenas hemos tenido tiempo de hablar y ya estamos corriendo. Pronto dejamos atrás las casas y solo las peñas más altas nos contemplan. Me enseña donde anidan los buitres, junto a las antiguas minas de galena. Nos detenemos a escuchar los extraños graznidos de un nuevo pollo al llegar un adulto. Poco rato, no hay tiempo que perder, tenemos que comernos todas las fresas maduras del huerto de su abuelo. Luego nos echará alguna maldición.

Cuando tenemos pocos lugares por encima de nuestras cabezas decidimos ir al río, al fondo del valle. No hay cansancio. Nos entretenemos lanzando moscas a las arañas que extienden sus telas en la ribera. Podríamos filmar un documental de La dos si tuviéramos conciencia de ello.

Carlos tiene dos años más que yo y es más consciente del transcurrir del tiempo. Tenemos que volver. En la puerta coincido con mi abuelo y su mulo. Me lavo y lo espero sentado en la mesa. Mi abuela no se sienta hasta que lo hace su marido. Antes de la cena tiene que dar de comer a todos los animales. Tienen dos cerdos, ovejas, conejos, gallinas, un gallo despertador y el mulo que ya hemos conocido.

A pesar de que no hay demasiada variedad en las actividades, no conocemos el tedio. Somos un poco salvajes y algún día añadimos la caza de culebras de agua o ranas. Los días pasan volando. En el primer día de vacaciones parecían infinitas. En cuanto me he descuidado mi abuela me ha devuelto, cargado en su espalda otra vez, a la parada del bus. Aún no ha amanecido.

—Lo recogerá su madre en Castellón.

El conductor asiente y vuelve a echarme el humo del cigarrillo que aprisiona entre los labios. El beso de mi abuela chirría en mis oídos hasta Lucena. Otra vez el humo en las ruedas. Ya no me impresiono.

No hay sorpresa, mi madre me espera en la última parada. Apenas he hablado con ella un par de veces en todo el verano. En el pueblo solo hay un teléfono público y los móviles son todavía inimaginables.

Algún día contaré a mis hijos que este fue el mejor verano de mi vida y no comprenderán cómo éramos capaces de divertirnos de esa forma.

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