Colaboraciones

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AUGURIO

Miró su reloj. Apenas faltaban cinco minutos para las diez.

No tuvo miedo, algo le decía que aquello no iba a ser el final. Además, el hombre que le esperaba sentado en uno de los bancos de aquel jardín no era un completo desconocido, se habían presentado apenas unas horas antes, allí donde la calle Pintores desemboca en la Plaza Mayor. Lo saludó con un leve, casi imperceptible, movimiento de la cabeza y se sentó a su lado.

— Estoy un poco nervioso, comprenderás que nunca antes he pasado por esto. ¿Sabes si me dolerá?

— Los niños nacen llorando por el dolor de la vida. La muerte es, en cierto modo, lo mismo.

«Ni siquiera se ha dignado a mirarme a la cara. Para él solo soy rutina.» piensa mientras trata de acomodarse sobre la dura madera del banco. Siente desasosiego y miedo por ser incapaz de saber lo que le espera.

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