Encaje

Lo recuerdo. Con nitidez. Como si no hubieran transcurrido más de diez años desde la madrugada de la primera llamada. En las siguientes semanas llegaron otras tres, todas antes del alba. Cuatro asesinatos en una población rural a la que solo algunos lugareños lograrían ubicar con precisión sobre un mapa.

Antes de los hechos recuerdo ocho meses de tedio. Exactamente el mismo tiempo que llevaba destinado en aquella maldita comisaría en la que nunca ocurrió nada reseñable. Lo más emocionante fueron unas pocas multas de tráfico por estacionar en lugares prohibidos, incluida la que anulé porque el hijoputa de Rodríguez la había dejado doblada en el freno de mi motocicleta. Fue el primer día. Aunque estoy convencido de que no le era desconocido el propietario, entre otras cosas porque un poco antes, al presentarse, vio el casco sobre la mesa de mi despacho. Él siempre lo negó. No tuvimos tiempo de caernos bien.

Algunos me han acusado de beber demasiado. Exageran. Quizá me bebía alguna que otra cerveza durante la jornada de trabajo. Más adelante, a partir del quinto o sexto mes, algunos chupitos de bourbon, pero ¡qué narices!, qué más podía hacer un policía acostumbrado al bullicio de una ciudad como Madrid, con casos pendientes sobre la mesa cada día, en un pueblucho como aquel.

El primer cadáver fue el de Rodríguez. El hijoputa. Ahora, tantos años después, sobrio, no me importa reconocer el exceso de alcohol de aquella noche… de aquella tarde… de todo aquel día. Atiné a descolgar el móvil en la segunda llamada. La resaca estaba haciendo un buen trabajo con su martillo percutor en mi cerebro y el otro exceso que aún no he comentado, el tabaco, me dejaba la boca tan seca a partir del segundo paquete del día que, hasta pasados unos minutos, no era capaz de articular una palabra inteligible. Gruñí para que supieran que lo había entendido todo y que no tardaría en llegar al lugar del crimen. Avergonzado, volví a llamar unos minutos después para saber adónde dirigirme.

No compartía cama con mi mujer, excepto en honrosas excepciones. Antes de salir de la habitación, entre luces y sombras, me pareció verla con el ceño fruncido y negando repetidamente con la cabeza. Pedirle explicaciones sobre esos gestos tan desagradables hubiera significado volver a discutir. Con una vez al día era más que suficiente.

Manchas de sangre aparte, Rodríguez conservaba la misma cara de sorpresa que puso cuando le conté que aquella motocicleta era mía. Un trozo de tela de encaje estaba cosido a su cuello con el pincho de una fondue.

Era el primer caso importante desde mi llegada y tenía su complicación. Sin testigos, sin enemigos conocidos, no era fácil comenzar las pesquisas.

El siguiente asesinato no me pilló con resaca. Esta llegaría más tarde. Recién acostado, estaba tan borracho que fue mi mujer la que descolgó el móvil y anotó con pulcritud en una hoja de su libreta todos los datos. Tenía una letra bonita. Una ducha, un enjuague dental a conciencia, un café, dos eructos y cuatro pedos más tarde, estaba preparado para acercarme con cierta dignidad al lugar del segundo asesinato en pocos días.

No lo conocía tanto como a Rodríguez, pero tampoco me era desconocido. Unos días atrás mi mujer discutió con él después de prender fuego a unos rastrojos y de que el humo le estropeara la colada. Era un tío antipático. Dos muertos y dos trozos de encaje. A diferencia del anterior, cortado perfectamente a escuadra, este trozo estaba deshilachado, como arrancado por uno de sus extremos. Le sobresalía de la boca entreabierta, sobre la lengua azulada. Murió estrangulado.

No hay dos sin tres. El tercero me dolió más. Era el camarero del bar donde solía terminar cada noche. El que soportaba mis exabruptos de policía alcohólico trasnochado. Alguna vez se ponía duro conmigo y aunque reconozco que me echó de su local algunas veces, el enfado solo le duraba hasta el día siguiente. A este la muerte lo alcanzó con el culo de una botella de güisqui. Esta vez, el trozo de encaje estaba deshilachado por las dos partes, arrojado como por descuido en el suelo junto al cuerpo. Tenía una huella sanguinolenta.

Ya teníamos algo por donde comenzar la investigación, pero la dicha nos duró poco. Al propietario de la huella nunca lo habían fichado.

Antes del cuarto asesinato, mi mujer me abandonó por otro. No podía creer lo mucho que el muerto se parecía al cabrón que se la estaba beneficiando. Sobre él descansaba lo que parecía un rollo de encaje al que le faltaban unos trozos. Con toda probabilidad arrancados con las manos. Se me pasó la borrachera cuando mi exmujer llegó para reconocer el cadáver.

Luego llegaron las absurdas acusaciones. Que si mi exmujer me dio un trozo de encaje como el que encontraron sobre Rodríguez como modelo para que le comprara un rollo que necesitaba para terminar unas cortinas; que si los otros trozos encontrados sobre los muertos encajaban a la perfección entre ellos; que si el resto del rollo de encaje tenía el código de barras de un tique que encontraron en el bolsillo de mi americana; que si mi huella aparecía en uno de los encajes; que si no lo recordaba porque siempre estaba bajo los efectos del alcohol. ¡Gilipolleces! Estoy seguro de que el juez terminó por conchabarse con mi exmujer para acusarme formalmente de todos los asesinatos. Algún día saldré de este maldito manicomio, compraré otro rollo de encaje y arreglaré algunas cuentas que tengo pendientes. Mientras tanto, tomo la medicación que me administran y finjo, con toda la paciencia del mundo, que mis… trastornos… mejoran día tras día.

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