Este soy yo

Acabo de cumplir cincuenta cincuenta y un dos años. El día que los cumplí, alguien que me felicitó me dijo: “Los cuarenta que acabas de dejar eran la madurez de la juventud, pero los cincuenta son la juventud de la madurez. Y en eso estoy, disfrutando de mi juventud reencontrada.

Algunas veces me da por echar la vista atrás para confirmar que he tenido una vida plena; con muchos errores, sí, pero es de ellos de los que más se aprende. Así que, después de la extensa colección que tengo en mi currículo, puedo considerarme un maestro Zen del error.

En diciembre de 2015, tras casi dos años sumergido en la escritura clandestina, anuncié que iba a presentar en sociedad mi primera novela, “El Veneno de los Templarios“.

Creo que pocas cosas, además de ese anuncio, hubieran podido sorprender tanto a amigos, conocidos y familiares. Todavía hoy sigo sonriendo al imaginar la cara de mi madre -fallecida unos años antes- si me hubiera dado tiempo a plantarme frente a ella para decirle: “Tienes un hijo escritor”; primero me habría mirado con cara de sorpresa, luego mostraría su eterna sonrisa amable antes de decirme: “Tú lo que estás es muy tonto”.

Y así era, nadie, excepto algunas amistades y mis hijos, conocía esa faceta de mi vida. Daba igual que fueran amigos, familiares, o simples conocidos, la reacción más frecuente tras recibir la invitación al evento de la presentación era sorpresa, la siguiente era preguntar “¿tú escribes?”.

Lo cierto es que ni yo mismo recordaba que escribir era tan gratificante. Solo lo había intentado unos años antes, durante un breve periplo por tierras chilenas, porque todo lo que me sucedía en ese hermoso país resultaba surrealista. Escribí muchas páginas con todas aquellas experiencias; lo hice en un anticuado ordenador portátil. Pero cometí un error, no lo grabé bien y acabé perdiendo el fichero al regresar a España. Al principio me desesperé -todas esas páginas perdidas-, luego me dio pereza volver a escribirlo y al final, opté por dejarlo aparcado en el fondo de mi memoria. Amenazo con sacarlo del olvido en cualquier momento. Seguro que encuentro entre esas experiencias el argumento, no para una, si no para varias novelas.

No volví a encontrar la necesidad de escribir hasta que cambié mi residencia a Cáceres. Hoy, aunque vivo entre el Grau de Castelló y Cedramán, reconozco que fue en esa ciudad donde surgió la evidencia de mi añoranza por el terruño y donde descubrí que escribir cualquier cosa sobre mi tierra me hacía sentir más próximo a ella y arropado. Sin darme cuenta, tenía entre mis manos un inesperado manuscrito de más de cuatrocientas páginas…

Y solo entonces surgió la pregunta: ¿Qué coño hago con esto?

Los foros de escritores que encontré diseminados por Internet eran, por regla general, extremadamente negativos -ninguna editorial leerá tu manuscrito si eres un escritor novel- era la observación más generalizada. No me importaron aquellos comentarios tan negativos, publicar no era algo que me quitara el sueño; no había estado escribiendo para eso… ¿o sí?

Con todo, reconozco que mandé mi preciado manuscrito, a decenas, tal vez cientos de editoriales, agentes literarios y a cualquier página en la que se hablara de literatura aunque fuera de forma remota.

Y entonces llegó la llamada telefónica de la editorial. Tal vez fue un golpe de suerte estar en el lugar y en el momento indicado, o tal vez mi novela era mejor de lo que yo me esperaba. Lo cierto es que poco después recibí otras llamadas de editoriales pero para entonces ya estaba todo el pescado vendido.

La editorial, no me pedía nada a cambio, ni una venta mínima de ejemplares, ni dinero por adelantado, nada. “Si es así, firma lo que te pongan delante”, me aconsejó alguien. Y claro que lo hice, estampé mi firma en todas las páginas del contrato.

He aprendido mucho desde entonces. He aprendido cosas buenas y otras no tan buenas sobre el sector editorial, pero si se volviera a repetir la ocasión, sin duda, actuaría de la misma forma.

Esto solo fue el principio de mi historia como escritor, el futuro que está por llegar podemos leerlo juntos.

David Lizandra