DUELO AL SOL

Odio, antipatía, tirria, envidia, no sé exactamente cómo definir lo que comenzó en mi barrio durante las postrimerías de la primavera de 2010. Desde entonces cada año empeoraba un poco más la situación respecto del anterior.

No lo pensé hasta muchos años después; visto desde la distancia, cualquier verano de los anteriores podría considerarlo como el verano de mi vida.

Hasta junio de 2010 mi padre y Ernesto fueron los mejores amigos. No cualquier tipo de amigos. De los de uña y carne. Los dos fanáticos forofos del Barça y de la selección, amantes del buen comer y del mejor beber; esto último solo durante las barbacoas de mi padre que, dicho sea de paso, porque ofrecían la posibilidad de invitar a un regimiento sin previo aviso con la seguridad de que nadie pasaría hambre, pronto obtuvieron la consideración de mito en el vecindario. Ni siquiera el cura, invitado de honor en cada una de ellas, podría encontrar huellas de vicio en comer y beber como si no hubiera un mañana, porque el objetivo era liberar la lengua y ofrecer una sobremesa memorable para los asistentes, al margen de participar en ella o limitarnos a ejercer de oyentes, como era mi caso.

Con el mundial de Sudáfrica todo cambio. Unas semanas antes, mi padre había organizado una de sus barbacoas multitudinarias. Entonces aún no lo sabíamos, pero aquella estaba destinada a ser la última.

Las mesas del jardín bullían de gente expectante por ver tomar asiento a mi padre con la última olla repleta con carnes y embutidos de todas las variedades que uno pudiera imaginar. Todo el mundo estaba pendiente del repiqueteo de la campana con la que mi progenitor avisaba del inicio de las hostilidades contra todo lo comestible/bebestible que tuviéramos a nuestro alcance. Tenía agarrada la cuerda que pendía del badajo. Algunos ansiosos, que ya habían destapado la olla más próxima para ser los primeros en comenzar, tuvieron que relajarse.

—Como ya sabéis todos, la semana que viene juega la selección. Mirad lo que he comprado para amenizar nuestras barbacoas.

Sus ojos brillaban de orgullo —no recuerdo que brillaran tanto cuando me gradué—. Uno de sus dedos señalaba hacia el bulto de la terraza, largo y delgado, tapado con un enorme paño blanco. Se dirigió hacia él con aires de grandilocuencia y descubrió el televisor. Era gigante. En mi cabeza no existía la probabilidad de encontrar una pantalla más grande que esa fuera de las salas de cine. Y era nuestra.

La dicha apenas me duró unos segundos.

—Oh —se escuchó decir a alguien desde nuestra mesa.

Había conseguido llamar la atención de todos los presentes. Mi padre lo miraba desconcertado. Si en ese momento alguien le pincha con un alfiler no hubiera sangrado.

—La que me acaban de traer a casa para ver el mundial es más grande. ¿De cuánto es esa? —dijo Ernesto.

Recuerdo que mi padre apenas pudo balbucear la respuesta.

—Eh… oh… no sé… de setenta pulgadas, creo.

—Sí, lo veía mucho más pequeño que el mío —Ernesto hizo una pausa teatral—. El próximo sábado estáis todos invitados a una barbacoa en el jardín de mi casa para ver la ceremonia de inicio del mundial.

Dimos por sentado que Ernesto había terminado. Papá lo miraba con los hombros caídos, sin decir nada, el rostro congestionado por la ira pugnando por salir. Se disponía a regresar a su lugar en la mesa. Todo el mundo pudo escuchar el remate.

—El mío es de ochenta y cinco pulgadas.

No hubo más. Mi padre cambió el rumbo para desaparecer dentro de casa cabizbajo, sin despedirse, y no lo volvimos a ver aparecer durante el resto de la velada. Nada volvió a ser lo mismo. La amistad entre ellos se diluyó como el sabor del cardamomo dentro de un gin-tonic.

Desconozco cómo conseguía la información porque se llevó el secreto a la tumba. A veces me da por imaginar un soborno a cualquier bancario de la sucursal donde Ernesto tenía sus cuentas que le informaba de todos sus movimientos. La cuestión es que antes de la llegada de los siguientes veranos para que Ernesto pudiera presumir de cualquier nueva adquisición, aparecía mi padre con algo similar, pero de mayor prestigio. El siguiente, sin ir más lejos, Ernesto encargó las obras de una piscina. La de mi padre fue absurdamente mayor —recuerdo que tuvo que utilizar hasta el último centímetro de la parcela del jardín para albergar la nuestra; tanto que para salir de casa teníamos que rodearla por el borde—. Otro año, Ernesto y su mujer se fueron de vacaciones al Caribe, mis padres lo hicieron en las mismas fechas al mejor hotel de las Seychelles. ¿Casualidad? Hubo infinidad de despropósitos, como el de un coche carísimo por el que, en contra de la opinión de mi madre, tuvieron que hipotecar la casa, bañadores de los diseñadores más caros solo para lucirlos en el borde la piscina, porque si pasaba por delante Ernesto mientras estaba en el agua no podría apreciar el nombre de la marca, las nuevas tetas de mi madre, mucho más grandes que las de Ana, la mujer del rival, y debería obviar lo de sus labios, pómulos y liftings de los siguientes veranos; podría contar tantos desatinos que faltarían páginas para albergarlos, pero como colofón a todos ellos, una semana después de su muerte, ocurrida poco antes del mundial de 2018, unos transportistas con un camión enorme nos trajeron una televisión de doscientas sesenta y dos pulgadas, seis metros de pantalla. Tuvimos que devolverla, no hubo forma de poderla introducir en la casa por ninguna puerta ni ventana y menos por tener que bordear la piscina para intentarlo. Hasta hoy no he sido capaz de encontrar una de mayor tamaño. Fue el epitafio a los años dedicados a batirse en duelo para tratar de que cada verano fuera el mejor de nuestras vidas, o al menos, mejor que el de Ernesto.

2 respuestas para “DUELO AL SOL”

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