Maestro

Fumaba en clase, y qué. En aquellos años todo el mundo fumaba en el trabajo, hasta los pediatras, con más razón podría hacerlo un maestro de la segunda etapa de la EGB. Era lo normal y nadie se escandalizaba por ello. Le teníamos más respeto a él que a las maestras. Supongo que estábamos tan acostumbrados a que nos magnificaran la justicia que impartían los padres en casa que luego, sin querer, lo extrapolábamos al colegio. «Ya verás cuando le diga a tu padre lo que has hecho», solían decir las madres cuando hacíamos alguna trastada fuera de lo común. Mi madre lo hacía. Luego, al menos en mi caso, no pasaba nada cuando llegaba mi padre, pero mientras tanto el temor al supuesto poder de la figura paterna ya había anidado en la memoria. Sea como sea, en cuanto escuchábamos abrir la puerta del claustro de maestros, aún lejos, en el pasillo, todo el mundo callaba si tocaba una de las clases de don José María. Es curioso recordar que nos referíamos a él como don, mientras que a las maestras nos bastaba con poner el artículo la delante de sus apellidos. Seguíamos en silencio cuando bajaba la manecilla de la puerta. Al entrar en la clase lo hacía sin mirarnos, ondeando al viento ese flequillo del que tanto hablaban las madres en los corrillos. En los exámenes leía el periódico. Aún así, si alguien trataba de copiar, era devuelto a la vereda con un certero papelazo en la frente, aparentemente sin despegar los ojos de la página que estaba leyendo, para desatar entre nosotros una ola de murmullos, mezcla a partes iguales de admiración e hilaridad. Recuerdo las palabras que me dedicó el último día de clase, cuando me entregó las notas: «Ahora vas y le pones una velita a la Virgen», me dijo. Y no le faltaba razón al hombre, aprobé octavo por los pelos.

Durante muchos años le perdí la pista. Hace un tiempo volvimos a recuperar el contacto.  Los dos hemos publicado novelas con la misma editorial. Un día quedamos para tomar un café e intercambiarnos un par de esas novelas dedicadas. Lo cierto es que cuando le dije mi apellido no me recordaba del colegio y que el mítico flequillo había pasado a la historia, pero sigue siendo el mismo gran hombre que admirábamos en el colegio.

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