Lapsus de Navidad

El niño que fue sonríe al pensar en Carlitos. Luego llegarían otros, pero en sus recuerdos sigue figurando como el primer desgarrado en contarle, con evidente maldad y mala fe, la ínclita relación entre padres y Reyes Magos. Javier resopla. Aún tiene el asombro dibujado en la cara. Ha dejado el bate de beisbol apoyado junto a la cómoda. Sostiene una corona de metal abollada en una mano y una botella de cerveza helada en la otra. Unos metros más allá, bajo la ventana entreabierta, inconsciente, entre un sinnúmero de cajas de regalo, un hombre orondo, de piel tostada e intenso olor a camello, yace en el suelo. Apenas un segundo separó la sorpresa por recobrar algo tan suyo como la Navidad del desastre; el transcurrido entre el golpe al allanador y ver su nombre, escrito con enormes letras doradas, en una de las cajas desparramadas por la habitación. Da un sorbo a su cerveza. Su majestad reacciona. Abre los ojos. Ve, entre brumas, una mano amistosa que le ofrece su corona. Alarga la suya un poco más allá, hasta la cerveza, limpia la boca de la botella con la manga y la apura de un trago antes de incorporarse. Luego deja escapar un sonoro eructo, acepta la corona con el ceño fruncido al ver la abolladura y recoge todos los paquetes del suelo excepto uno, que empuja suavemente con el pie. A Javier no le resulta desconocido; es el de su nombre. Al levantar la cabeza, el sujeto ha desaparecido. «Sin rencor», le escucha gritar desde la puerta.

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