Encajes

Gabriel acababa de abrir los ojos. Él y el viejo perchero, aún con ropas de mujer, parecían abrazarse en el suelo, al final de la escalera. Entre la maraña de despojos, era imposible distinguir quién de los dos estaba más maltrecho. El perchero tenía varios de sus brazos de madera rotos. Algunas astillas habían destrozado una blusa lo suficiente para dejarla inservible. Una falda, como si algún desalmado maltratador hubiera aprovechado la circunstancia para tratar de arrancársela, estaba enrollada en la cruz que forma el pie. A la vista quedaba la escueta ropa interior, tan repleta de encajes que sobre un cuerpo femenino no dejaría hueco para la imaginación. En cuanto al hombre, aún era incapaz de respirar con normalidad y le aterrorizaba moverse, no fuera a descubrir alguna fractura latente.

La suya no era una relación nueva. Se conocieron muchos meses atrás. Gabriel quería recordar que fue en la sección de lencería de unos grandes almacenes, una tarde de primavera. En realidad, fue a principio del siguiente verano. En la tarde que recordaba, estuvo en los grandes almacenes solo. Había calculado cuánto podría gastar con su exigua nómina y lo invirtió todo en ropa interior femenina. Entonces no la conocía, pero estaba seguro de que no iba a tardar en hacerlo y, en cuanto ocurriera, haría todo lo posible por mantener encendida la llama del amor. Tanto le sorprendió el exiguo peso de la bolsa de papel que, no contento con mirar en el interior para cerciorarse de su contenido, lo registró a conciencia con la mano.

—Tenga en cuenta que el encaje es muy ligero —dijo la dependienta quizá para tranquilizarlo.

—Y tanto que lo es. Si fuera por peso, habría pagado los encajes de la lencería a precio de oro.

—Seguro que a su mujer le encantará.

Gabriel se despidió con una sonrisa.

Se conocieron poco después. Ella era de modales zafios y durante la primera cita se mostró tan parca en palabras que, en la segunda, Gabriel decidió leerle poesía. Fue en su casa. Sobre la mesa del salón descansaban los libros de algunos de sus poetas preferidos: Alejandra Pizarnik, Lorca, Bécquer y una tal Anmarí D’aro que, aunque a esas alturas no era conocida por el gran público, estaba seguro de que aterrizó en la poesía para quedarse.

En cada cita le leía algunos poemas que previamente había marcado para la ocasión. A los ojos de Gabriel la mujer, como diría un maestro de primaria, progresaba adecuadamente. Le compró ropa de las mejores marcas, le enseñó con toda la paciencia del mundo las normas básicas de etiqueta para comportarse en la mesa y por fin, cuando tuvo la suficiente confianza con ella, sacó la ropa interior que guardaba para regalársela en un día tan especial como ese. Después de cenar le ayudó a probársela. Un poco después todos los tangas y sujetadores estaban desparramados por el suelo. Fue la primera vez que hicieron el amor. Estuvo tensa. Tanto, que Gabriel, aunque lo mantuvo en secreto por no angustiarla, intuyó que nunca había estado con otro hombre.

En todo el tiempo que estuvieron juntos, ella no aceptó ninguna invitación para tener una cita fuera de la casa de Gabriel. «Me gusta, es casera, como yo», llegó a pensar. Pero no tardó en llegar el deseo de mostrar en público a la mujer tan especial con la que estaba saliendo y le resultaba un fastidio no poder presentarla al menos a los amigos más cercanos.

El día en el que todo se torció, Gabriel había bebido más de la cuenta. Después de cenar comenzó a manosearla. Ella parecía recriminarle esa actitud machista con su indiferencia.

—Bien, entonces vendrás conmigo. Iremos a tomar una copa al pueblo.

Gabriel la mantuvo agarrada por la cintura hasta llegar al borde de la escalera. Estaba fuera de sí. Al principio ella se dejó llevar por no enfurecerlo más. Cuando quiso reaccionar ya estaban a mitad de pasillo. Su última esperanza se esfumó al doblar la esquina sin lograr agarrarse a ella. Arrastrar los pies solo consiguió retrasar algunos segundos lo inevitable; un traspiés y ambos se despeñaron escaleras abajo.

El primer movimiento de Gabriel tras la caída fue para mirarla con ternura. Todo su esfuerzo había caído en saco roto; el tiempo invertido en dotar a un viejo perchero con formas voluptuosas, crear de la nada unos pechos de aspecto similar a los de una mujer, envolverlos con alguno de los sujetadores y, para rematar, dar a unos cuantos trapos de cocina la dignidad de nalga donde no desentonara cualquiera de los preciosos tangas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s