Diluvio

Hay quien lo llamará karma. Otros hablarán de justicia divina. Si lo buscamos, encontraremos a alguien más mundano que simplemente lo denominará mala suerte.

Para alguien agnóstico, como el que suscribe, es difícil reconocer que en este caso lo más apropiado sería hablar de justicia divina. Tal vez por afinidad paternofilial con la religión católica, o porque hablar de karma tiene reminiscencias orientales con las que nunca llegaré a comulgar, y porque llamar mala suerte a la casualidad que estoy a punto de narrar resultaría demasiado ramplón.

Al hilo de las casualidades, treinta y cinco años después de que Antonio, el albañil que lleva jubilado desde 1998, terminara de poner la última tapa de la primitiva red de alcantarillado del pueblo, Honorato, al que le he cambiado el nombre para no herir susceptibilidades a sus herederos, si es que existe alguien para hacerse cargo de tamaña herencia, la pisó mientras creía escapar de la tromba de agua que anticipaban los truenos y los densos nubarrones sobre su cabeza. Fue apenas un segundo; tiempo suficiente para que terminara de ceder a la presión del peso y de los años de corrosión. Sin saber cómo, Honorato estaba encastrado en el interior de un conducto a ras de suelo donde, de no verse ahora mismo en el interior con las manos pegadas al cuerpo apuntando hacia sus pies, hubiera jurado que dentro no podría entrar ni un niño de cuatro años. Menos aún alguien como él, con más de diez lustros a sus espaldas y casi cincuenta kilos de carga bruta en cada pierna.

Mi abuela siempre decía: «Hagas lo que hagas, en este pueblo siempre hay por lo menos un par de ojos que te están viendo». Y no le faltaba razón a la pobre. Ese día no menos de seis pares de ojos vieron caer a Honorato en el hoyo. Nunca les iban a preguntar, pero llegado el caso dos de ellos jurarían que estaban demasiado lejos como para percatarse del peligro para el accidentado. Los propietarios de los restantes pares de ojos, salvo los del párroco, tenían sus razones para mirar hacia otro lado. Don Eusebio, el más próximo de los testigos, iba unos metros por detrás de Honorato cuando se accidentó. Nunca le gustó ese hombre. Unido al hecho de que nunca lo vio en el interior de su iglesia estaba su forma de blasfemar contra todo lo que tuviera que ver con cualquier religión y las mofas hirientes que le lanzaba en las raras ocasiones que coincidían en el bar del pueblo. Curiosamente, cuando Honorato fue engullido por la tapa recordó los días que llevaba sin visitar a la viuda de Calixto y se dio la vuelta en dirección a su domicilio sin pensar en las consecuencias. Quizá tuvo algo que ver el «Mecagüen Dios» surgido de las entrañas de la tierra en el instante de la caída, que los truenos, la ofensiva enviada desde el cénit por el protagonista del ultraje que desearía un católico, no consiguieron disimular. Solo volvieron a coincidir en la misa de réquiem.

Raúl llegó a tiempo para ver como el páter doblaba una esquina y se perdía de vista. Se detuvo sobre el cogote de Honorato. Este apenas alcanzaba a ver las punteras de sus botas de seguridad. Inconfundibles.

—¿Eres tú, Raúl?

No obtuvo respuesta. Arreció la lluvia.

—Sé que eres tú. Sácame de aquí y mañana… qué digo mañana, hoy mismo puedes reincorporarte a tu trabajo.

Las punteras de las botas se movieron lo justo para colocarse frente a los ojos de Honorato.

—Vaya, ayer eras mucho más prepotente. Me despediste, ¿recuerdas?

Honorato tragó saliva.

—Podías limitarte a darme una carta de despido. A fin de cuentas, era un contrato de fin de obra en el ayuntamiento. ¿Era necesario llegar al insulto?

Nada de lo que pudiera decir Honorato iba a mejorar el silencio que se produjo entre los dos. Las palabras de Raúl tampoco lo hicieron.

—¿Cómo me llamaste? No, no te esfuerces por tratar de recordarlo, en tu situación no es lo mejor. Te lo pondré fácil. Inútil, mongol, estúpido… estas solo son algunas, en realidad fueron más, pero tampoco me voy a regodear ahora en tu desgracia.

Poco antes de hacerse el silencio entre ellos comenzó a correr el agua por el suelo en busca de una salida natural. Durante el tiempo que llevaba Raúl frente a Honorato, con las manos en los bolsillos, pensando qué hacer, se había acumulado a sus pies una sucia mezcla de agua, barro y hojas. Nadie fue testigo del movimiento de sus hombros en el momento de germinar la idea, ni de su leve sonrisa al separar los pies. El agua encontró su camino hacia la única salida natural; la misma entrada de la alcantarilla que taponaba el cuerpo de Honorato.

—Eh, grandísimo hijo de puta. Vas a volver… claro que vas a volver. No tienes huevos para marcharte y dejarme aquí con la que está cayendo… ¡Vuelve!

Raúl no volvió ni tuvo tentaciones de darse la vuelta para verlo una vez más. En el fragor de la tormenta era casi imposible escuchar las voces de Honorato.

Ismael siguió creyendo que se trataba de un gato echado sobre un charco hasta llegar a menos de un metro. El agua comenzaba a sobrepasar su cuello, estirado en un escorzo imposible hacia el cielo, y lo amenazaba con llegar hasta la boca en pocos segundos más.

A las sospechas iniciales, confirmadas poco después, les sucedió una enorme sonrisa imposible de disimular. Ya estaba empapado. No le importó sentarse en el suelo, cerca de la cabeza. Un Dios omnisciente sabría lo mucho que disfrutaba del momento.

—Mira lo que son las casualidades. Hace un par de meses, eras tú el que te regodeabas de mí en el bar. Entonces estabas rodeado de muchos de esos acólitos que te ríen cualquier gracia…

 Unos resoplidos hicieron que Ismael callara durante un momento. El agua llegaba hasta la nariz de Honorato. Balbuceó algunas palabras que, a pesar de resultar ininteligibles, cualquiera podría traducir por «Sácame de aquí». Si se hubiera tratado de otra persona quizá añadiría un «Por favor», pero estas palabras no estaban presentes en las formas con las que Honorato pedía las cosas. Los resoplidos seguían. De haber llegado el agua hasta las orejas, la perorata de Ismael hubiera terminado aquí porque se habría marchado, pero aún faltaban unos milímetros para quedar sumergidas también.

—Podías no haberte follado a mi mujer y ahora te hubiese echado una mano. Te diré más, podías habértela follado igual, no haberlo contado para reírte de mí y también te echaría un cable. Pero lo hiciste, lo contaste y lo más humillante, te jactabas, delante de todos, de los cuernos que llevaba su marido gracias a ti. No sé si te ha contado que nos estamos divorciando…

El agua ya sobrepasaba las orejas de Honorato. Su cabeza aún se movía entre unos extraños espasmos, pero resultaba imposible imaginar que pudiera escuchar nada más. Era inútil seguir hablando. Ismael se incorporó, trató de sacudirse los restos de hojas de su ropa empapada con poco o ningún éxito y desapareció del lugar sin sentir remordimientos. No volvió a mirar atrás.

El año seiscientos de la vida de Noé, el mes segundo, a los diecisiete días del mes, en ese mismo día se rompieron todas las fuentes del gran abismo, y las compuertas del cielo se abrieron.

Génesis 7:11.

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