SEIS #unaNavidaddiferente

Aurora nos había pedido puntualidad y cuando mi suegra pedía algo, nadie de la familia osaba llevarle la contraria. Era un secreto a voces entre sus allegados a qué se había dedicado antes de jubilarse. Apenas hacía dos años del evento. Poco tiempo para que se le hubieran olvidado los conocimientos adquiridos durante treinta años de pertenencia a los servicios secretos israelíes. Nunca había pronunciado su nombre en voz alta y solo imaginarlo me producía escalofríos; el Mosad.

Yo nunca he pertenecido a ningún servicio secreto, pero aprendí a sumar a una edad muy temprana. Nunca lo he olvidado. La mesa del salón estaba dispuesta de forma espléndida para seis comensales, como había pedido a los ciudadanos el presidente de la comunidad autónoma. No salían las cuentas. Julia, mi mujer, son cuatro hermanas; dos solteras y dos casadas. Ocho en total, contando a los cónyuges. Las dos solteras, que nunca se habían emancipado, estaban sentadas en el sofá y nos dirigieron un saludo que duró tanto tiempo como lo que estaban dispuestas a perderse del programa de televisión. Ni siquiera llegamos a cruzar las miradas. Abelardo, mi suegro, dormitaba en el orejero. A Aurora podía escucharla trajinar con la cena en la cocina. Y nos habíamos cruzado con Aurorita y el idiota de su marido en la calle, dando la segunda vuelta a la manzana para tratar de aparcar. Aborté el saludo de cortesía para mi suegra al verla pegada al teléfono. Aunque bajó el tono de la voz al verme, estoy seguro de haber escuchado: «…que parezca un accidente».

Al comenzar la cena seguíamos siendo seis. Aurorita y el imbécil no aparecieron en toda la noche. Nadie pareció preocuparse. Yo tampoco. Cumplimos a rajatabla las condiciones impuestas para la cena de Nochebuena, incluida la de no quitarnos las mascarillas excepto para dar un bocado o beber. Luego nos enteramos de que sufrieron un accidente mientras trataban de aparcar. El imbécil murió, la otra, aunque la ingresaron en el hospital por precaución, solo resultó herida leve. Lo más probable es que se tratara de una casualidad, porque Aurora estaba más habladora de lo que nos tenía acostumbrados. Tanto como para contarnos que su única ocupación en el Mosad durante tantos años fue limpiar las oficinas y los váteres. Me cuesta creerlo. Quizá no sería yo el narrador de esta historia de haber sido nosotros los últimos en llegar.

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