Respetarás las normas

El chico no llegó a perder la consciencia hasta el último suspiro. Algo surgido del final de una pared lo había golpeado con fuerza en el pecho. Marcos seguía en el aire cuando su bici impactó contra un coche unos metros más allá. Una eternidad después, como si todo se estuviera filmando a cámara lenta, también él iba a terminar estrellándose contra el suelo. Tardó en abrir los ojos; antes necesitaba volver a respirar con normalidad. Albergaba la certeza de que había sido un atropello porque, un instante antes de la colisión, estaba a punto de doblar una esquina a toda velocidad, consciente de que lo iba a hacer demasiado rápido para tratarse de una acera. La víctima —nada le hacía pensar que no existiera— no debía de estar lejos, pero no le llegaban sus quejidos ni otras respiraciones profundas que no fueran las suyas. Nada. Las dudas se disiparon al abrir los ojos y ver la elegante empuñadura de un abrecartas de bronce sobresalir por encima de su camiseta. La rodeaba una mancha carmesí que no dejaba de crecer. Unos centímetros por debajo, su corazón hacía esfuerzos por seguir latiendo un rato más. Apenas sentía dolor, solo una ligera opresión al inspirar. Desde la esquina que no pudo trasponer un hombre lo miraba impasible. Le resultaba familiar. Iba vestido con el mismo pantalón de chándal gris y la sudadera verde con capucha de ayer. La única diferencia radicaba en que uno de los guantes de látex tenía salpicaduras de su sangre. Enseguida lo tuvo claro, el viejo, como lo llamaron ayer él y sus amigos, lo estuvo esperando paciente al otro lado de la esquina. Seguramente había calculado hasta la décima de segundo en la que debía sacar la mano y la fuerza que debía emplear para apuñalarlo. La imagen del hombre y el recuerdo de lo acontecido con él la mañana anterior fueron sus últimas sensaciones.

A poco que se esforzara, sería capaz de fijar sobre un calendario el día que decidió convertir en hechos las ideas que llevaba madurando durante semanas. Por algunos diarios personales de la pandemia, exhibidos por redes sociales, y quizá también por algún telediario, sabía que durante más de cincuenta días estuvo respetando el confinamiento. Lo hizo a rajatabla, sin saltarse ni uno solo de sus preceptos. Nunca. Ni siquiera tenía un perro al que sacar a pasear con una cierta periodicidad, tampoco niños pequeños con la obligación de canjear actividad física en la calle por un poco de calma de vuelta a casa, ni un huerto, urbano o rural, al que dedicarle energías. Vivía solo, trabajaba desde casa y lo único que necesitaba fuera de sus cuatro paredes era salir a comprar lo necesario para subsistir; incluso algo tan imprescindible como eso lo organizó desde el principio para hacerlo una vez a la semana y siempre atento para marcar las distancias ataviado con guantes y mascarilla.

Sus días, desde el principio de la reclusión, habían transcurrido entre las ocho horas de trabajo de lunes a viernes, leer, escribir y hacer ejercicio. El tiempo libre lo dedicaba a mirar por la ventana. Hubo ratos en los que vio demasiada gente en la calle. Los observaba caminar despreocupados, algunos con justificación, muchos no. A estos últimos los catalogó en dos grupos: los que tenían las neuronas limitadas por falta de uso que, sin más maldad que la ignorancia, creían correcto lo incorrecto y aquellos, más avispados, que tomaban a la porción de humanos que están fuera del espacio que delimitan sus orejas por idiotas. Estos eran sin duda los peores, los superhéroes convencidos de que las leyes y normas se han hecho para los pobres mortales. Son los mismos que, tras un volante, nunca respetan las normas de circulación, que creen que las señales de tráfico, las líneas discontinuas en la carretera y las limitaciones de velocidad la pusieron de forma arbitraria con el único fin de estropear la diversión, y que todas fueron ideadas por gente que nunca aprendió a conducir de forma tan magistral como ellos. A veces llegaban las lamentaciones cuando un inocente moría por su culpa. Alguien que estaba respetando las normas de circulación… o las de confinamiento por coronavirus. Solo entonces comprendían que, de haber obrado como marcan las normas de convivencia, esas personas podrían seguir vivas. En el caso de los accidentes de circulación, a veces, lo lamentaban sentados en un estrado, como acusados en un juicio por homicidio imprudente. Resultaría difícil, sino imposible, que alguno de ellos respondiera en un juicio por sus actos en los tiempos del Covid-19.

Llegó el primer día de la Fase cero, cuando comenzaron a permitirnos salir a hacer un poco de ejercicio al aire libre. De seis a diez, ese era el horario. Recuerdo la respuesta del móvil la noche anterior: «La alarma sonará dentro de cinco horas y diez minutos». Acababa de programarlo para levantarme a las seis. Y lo hizo. Y fui de los primeros en pisar la calle esa madrugada, pero no el único.

La playa es un lugar goloso para visitar después de tanto tiempo de confinamiento. Escuché unas voces jóvenes acercarse rápido por detrás. Mi ritmo de caminar no es lento, sin necesidad de darme la vuelta supe que solo podían ser ciclistas, un grupo de seis o siete, quizá más. Las bicicletas se veían de esas que llevan años acumulando polvo en un trastero. Iban riendo, empujándose entre ellos. Alguno pasó a escasos centímetros de mi brazo. Ninguno llevaba puesta una triste mascarilla ni, por supuesto, mantenían ninguna mínima distancia de seguridad y, llámenme idiota, protesté enérgicamente.

El propietario de la voz que sobresalía por encima del resto hizo un acrobático derrapaje para detenerse.

—¿Has dicho algo, abuelo?

Los demás le rieron la gracia. Se había detenido y me desafiaba desde la distancia. No era momento para dudar, ni por un momento pensé en detenerme.

—He dicho que deberíais utilizar mascarillas y mantener entre vosotros y el resto de los viandantes una distancia de seguridad mínima. Lo de los guantes, si os laváis las manos con frecuencia, lo obviaré.

—Vaya —dijo elevando más aún el tono de voz— Además de viejo, eres un listo. No eres nadie para darnos órdenes… ¿Te enteras?

El grupo envalentona a estos pequeños caudillos. No era momento de responder. Al llegar hasta donde se habían detenido, di un pequeño rodeo y traté en todo momento de no establecer contacto visual.

—¡Viejo estúpido! Harías bien en dedicarte a cuidar de tus nietos.

Por un momento la rabia pugnó por aflorar. Traté de respirar hondo para evitarlo, tenía poco que ganar y sí mucho que perder. Eran jóvenes y demasiados para mí. En el caso de una pelea tendría que golpearles con fuerza y la pregunta era: ¿podría hacerlo?

Cuando me adelantaron de nuevo, uno de ellos llegó a rozar mi brazo con el manillar de forma deliberada. No dije nada más y pronto se perdieron en la distancia. Al menos de vista, todos eran conocidos del pueblo. Sabía quiénes eran sus padres y dónde vivían. Ninguno dijo nada para no parecer un pusilánime delante de los colegas. No iba a ser la última vez que los viera en esa mañana.

Los vi llegar desde lejos y ellos también me reconocieron. Me detuve junto a un banco y esperé con tranquilidad a que pasaran. El joven caudillo lo hizo demasiado cerca y al hacerlo me sopló en la cara.

—Toma mis coronavirus, viejo.

Después de eso desaparecieron de mi vista entre un coro de risas.

La ira, el peor de los pecados capitales, volvía a aflorar. De nada sirvieron las inspiraciones profundas con las que trataba de calmarla. No lo hice, pero de haberme tomado en ese instante la tensión arterial me habría llevado un buen susto. La vuelta del paseo tampoco mejoró las perspectivas. Demasiada gente en poca distancia de seguridad, menos aún con mascarillas. «Estos cincuenta y tantos días que llevábamos confinados no han servido para nada. Nunca pasaremos a la Fase uno, no nos la merecemos», pensé con tristeza al llegar a casa.

No busqué los abrecartas. Sencillamente abrí un cajón del armario y allí estaban, brillantes como el primer día, todos dentro de su estuche de metacrilato. Ocho. Ni siquiera me apetecía recordar el nombre de quién eligió aquellos despropósitos para regalar a los invitados en nuestra boda. Al principio deseché por descabellada la idea que rondaba por la cabeza. Durante la ducha comencé a pensar que quizá no era tan descabellada. El vino de la comida hizo que fuera tomando forma y después de la siesta tenía la decisión tomada. «Me han llamado diablo, segador de almas y una infinidad de cosas más en mi vida que me dolieron, ahora voy a hacer honor a todos esos nombres».

En la plaza un grupo de niños jugaba con pelotas, bicicletas y patinetes. Las madres, tres, sentadas en el mismo banco, también sin mascarilla, me dieron la razón de lo que iba a hacer.

Al joven caudillo no le dio tiempo a leer la nota que, además de a su corazón, atravesaba el abrecartas. “Pensaba que las normas de usar mascarillas y mantener las distancias de seguridad no se hicieron para mí. Si las hubiera seguido ahora estaría vivo”. El segundo abrecartas se encontró con el corazón de una de las madres. También llevaba la misma nota. No me ha gustado dejar huérfanos, pero tenía que hacerlo. Ha servido para que se corra la voz y no ha hecho falta utilizar el tercer abrecartas, como no hay pistas sobre la identidad del Justiciero de la mascarilla —la primera vez que escuché ese nombre no me gustó, ahora me parece épico—, una ola de civismo por llevar mascarillas y de mantener las distancias de seguridad se ha extendido por todo el país, pero nunca se sabe, la gente tiende a olvidar pronto las cosas y este Covid-19 no parece tener prisa por marcharse. De momento han mejorado los datos y el lunes que viene pasamos a la Fase uno.

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