Heroína al atardecer

Virtudes había preparado el desayuno y fregado la vajilla, lo mismo estaba ocurriendo con el almuerzo y, hasta ese momento, no se le hubiera pasado por la cabeza otra cosa que no fuera hacer lo propio a la hora de la cena.

Lo físico es lo de menos. Es el trabajo intelectual el que la agota. Pensar en qué preparar para cada comida, hacer la compra, limpiar y, por si esto es poco, le da tiempo para entremeter algunos pensamientos para las hijas; tres, independientes, todas en su propia casa, con hijos y problemas al margen de los que ella pueda tener con un esposo, padre y abuelo que solo lo es por un título que, a veces, le gusta ostentar para cubrir las apariencias de un hogar feliz y que, por no hacer, ni siquiera se toma la molestia de elegir la ropa que él mismo va a utilizar. Agotador. Grita.

—¡A la mierda!

Pablo, al mando del televisor, desde su butaca en el salón, baja el volumen del aparato. Escucha con atención. Oye el estruendo de un plato roto en la cocina.

—¡Eso, rómpelo todo!

No se levanta, ni pregunta el estado de la persona con la que lleva más de cincuenta años conviviendo. Aún no es hora de comer. No debe de ser tan importante si no ha vuelto a gritar y está en juego perderse el final del capítulo.

Lo del plato es a conciencia. «Basta ya», piensa Virtudes una milésima de segundo antes de lanzarlo. Mira los fragmentos desparramados por el suelo. Que no le importe verlos esparcidos sin orden ni concierto es algo nuevo para ella… y gratificante. Oye al energúmeno desde el salón. Por un momento piensa en lanzar una imprecación —resulta difícil cambiar las viejas costumbres—, pero en cuanto el volumen retorna a su algarabía habitual considera que es perder el tiempo.

Para qué correr si ha decidido utilizar todo el tiempo de su vida para dedicárselo a sí misma.

Uno de los guantes de fregar termina encima del frigorífico, el otro sobre la cama. Ha disfrutado desembarazándose de este último, «a lo Gilda», pensaba mientras iba quitando los dedos uno a uno. Deja escapar una sonrisa. ¡Cuánto tiempo desde la última!. Los últimos instantes en esa casa los dedica a hacer la maleta. Poca cosa, para salir del paso hasta que se instale en su nuevo hogar y salga de compras.

—¡Niña!, tráeme un vaso de agua.

Niña, un adjetivo que solo implica servidumbre en boca de un dictador.

Deja caer la maleta en la entrada.

—¿Y mi agua?

—Te levantas y la coges. Ya eres mayorcito para hacer las cosas por ti mismo.

—¡Qué coño dices!

Virtudes respira hondo, traga saliva.

—Me voy. En este papel te dejo los números de algunos geriátricos. No te será fácil encontrar a alguien que se haga cargo de ti, ¡viejo déspota! Yo… yo me marcho a vivir. No me esperes levantado.

2 respuestas a «Heroína al atardecer»

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