Catorce es el número justo

«Otro año que termina. Otra Navidad. Otra cena de empresa imprevisible. Y yo… yo cada año más idiota.

Me pasé seis meses organizando la que debería ser la cena de empresa perfecta, ¿para qué?, para incumplir, a la primera de cambio, el primero y más importante de todos los preceptos; jamás llegues tarde a una cena de empresa, el único sitio que quedará libre cuando llegues será al lado del más imbécil de toda la plantilla.

«Ojalá no me toque sentarme junto a Ramírez», iba pensando mientras miraba el reloj, justo antes de abrir la puerta del restaurante.

Hubiera sido más fácil que me tocara la lotería. Ya estaban todos sentados y allí estaba Ramírez, con su estúpida sonrisa. Su dedo señalaba el único asiento libre de toda la mesa, a su lado.

Pero claro, todo momento que empieza mal es susceptible de empeorar. Y lo hizo. También me tocó la pata de la mesa; al fin y al cabo, Ramírez, tan tonto no era. A mi espalda, las ramas del árbol de Navidad amenazaban con sacarme un ojo si no me andaba con cuidado cada vez que me levantaba y, para rematar, la cafetera no estaba a más de dos metros; ¡por Dios!, ¿es necesario ese ruido infernal para moler café sin ni siquiera haber empezado a comer?

Lo primero que hizo fue mancharme. Con mayonesa.

Ramírez —dije con tranquilidad—, no es necesario que simules una masturbación cada vez que te sirves mayonesa.

Su risa, parecida a la de una hiena, hizo que la ira pugnara por aflorar. Tuvo suerte. Apenas mis dedos se cerraron sobre el cuchillo de carne, conseguí dominar la situación. Unas cuantas inspiraciones profundas bastaron para devolverme la tranquilidad.

Luego llegaron sus chistes. Malos, muy malos. Solo él los reía, pero eso no era lo peor. Los explicaba… y, mientras lo hacía, no dejaba de darme esos desagradables golpecitos en el hombro con su dedo índice. Una vez, y otra, y otra…

Esta vez fue Carvajal el que lo salvó. Su brindis, por el buen funcionamiento de la empresa para el siguiente año, me obligó a dejar de nuevo el cuchillo sobre la mesa.

El resto de la cena, aunque no lo recuerdo muy bien, lo fui soportando como pude. Hasta que se comenzó a gestar la tragedia. El coñac que se tomó con el café, hizo que Ramírez se terminara de desmelenar. Solo balbuceaba cuando contaba los chistes y los toquecitos en el hombro se multiplicaron. Pero, aún con todo, lo peor todavía estaba por llegar.

Hay que ser un amigo invisible muy hijo de puta para regalarle un balón de fútbol a Ramírez».

Esta es la declaración que firmó, ¿tiene algo más que añadir?

Sí, sr. juez, cuando conseguí recuperarme del balonazo en la cara, lo apuñalé.

Pero fueron catorce puñaladas, ¿no le parece excesivo?

Miré a los ojos del juez. Estaba serio, pero me daba la sensación de que me comprendía.

Las justas —respondí—, hasta que dejó de moverse.

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