Zangolotear

Soy una oreja. Lo has leído bien. Oreja. No hubiera hecho falta entretenerte más de la cuenta para entenderlo, ni volver atrás a releerlo, si eso es lo que has hecho. Pero no quiero dar lugar a malas interpretaciones. Ni mi interior está hecho de cartílago, ni tampoco estuve nunca pegada a una cabeza. Unida a algo sí; lo estuve a una vasija. Soy de barro. Aunque, para ser sincera, me cuesta recordarlo. ¡Hace tanto tiempo de eso!

No voy a ocultar que tuve una buena vida durante años, mientras la vasija y yo formábamos parte del mismo cuerpo. Una vida que no iba mucho más allá de zangolotear al ritmo de los pasos de un mulo, amarrada a una albarda, los martes, en un trayecto que poco o nada solía variar; la distancia entre nuestra casa y la venta. Vacía a la ida. Repleta de vino a la vuelta.

Como todo lo bueno es susceptible de empeorar, mi vida lo hizo. Un martes. Ni siquiera fue uno marcado en el calendario como algo especial, uno de lo más corriente. Un clac, un estruendo a cerámica rota, un chapoteo y me vi en el suelo junto al camino. Luego llegaron algunas maldiciones, después palabras de resignación, el repiqueteo de los cascos del mulo y finalmente… el silencio y la soledad.

Han sido muchos años en los que he pasado frío en invierno, calor en verano, me ha cubierto el polvo del camino y me han arrastrado los aguaceros. Hasta hoy.

Los vi pasar de largo. Nada en ellos hacía que me resultaran interesantes. Eran demasiado similares a los cientos de personas que, en todos estos años, habían pasado a mi lado, casi rozándome, sin prestarme más atención de la que ese presta a una roca, a una mata de romero o a una nube del horizonte. La diferencia estuvo a la vuelta. El hombre me vio e hizo el esfuerzo por recogerme. La mujer, con sus palabras, evitó que volviera a arrojarme al suelo.

—¿Cómo habrás llegado hasta aquí? —me dijo.

Si el alfarero me hubiera creado con ojos, seguro que se hubiera reflejado en ellos mientras me hablaba. Tuve claro enseguida que se trataba de uno de esas raros especímenes a los que les gusta contar historias y, cuando no conocen alguna, la imaginan antes de llevarla a un papel.

Durante algunos segundos estuvieron buscando en las proximidades por si encontraban el resto de la vasija. No lo hicieron.

Ya me había hecho a la idea de regresar a la tierra. Creo que llegó a hacer el ademán para devolverme.

—¡Espera! —dijo la mujer—. Dámela. Ha sido un buen día. Cada vez que la miremos nos lo recordará. Esta se viene a casa con nosotros.

Después de tanto tiempo volví a zangolotear. Esta vez, en el interior de una mochila hasta llegar a su casa del pueblo. Desde entonces descanso sobre la repisa de su chimenea. De vez en cuando, me miran, suspiran y entonces sus palabras me suenan a gratitud por los recuerdos que les traigo.

—Qué buena aquella primera caminata hasta Zucaina, ¿verdad?

4 respuestas a «Zangolotear»

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