Chanchito

—¿Cómo puedes decir que te cansa viajar?

Estoy molesto con mi madre. No tiene hijos pequeños a los que cuidar. Lo más parecido es mi padre, pero los cuidados que necesita no van mucho más allá de mantenerle la nevera repleta. Entiendo que él odie viajar, que no le guste salir de su zona de confort, que no sea nadie sin ver a diario sus series de buenos y malos, pero… ¡quién diablos necesita viajar acompañado!

Tengo la sensación de que siempre anda atareada. De que su tiempo solo está hecho para ocuparlo en los demás; nunca para ella.

—¿Cuánto hace que no vas a la peluquería?, ¿que no estás sentada en el sofá sin estar derrotada de tanto trabajar?, ¿que no tienes en tus manos el poder del mando a distancia?

No le hace falta responder; le basta una mirada, adornada con su eterna sonrisa dulce, para darme la razón.

—Yo soy todo lo contrario, —me detengo un segundo para comprobar si me está escuchando. No sé si está atareada o simplemente lo simula, pero ahora sé que está atenta a mis palabras—, no tengo que contarte lo joven que soy y ya he recorrido medio mundo. Quizá no lo recuerdas, o tal vez ni siquiera lo sabes, pero he pasado frío en Alaska siguiendo la llamada de la selva. Calor en el Mississipi, navegando el río con chavales poco más o menos de mi edad, incluso más pequeños. He sido pícaro con mi buen amigo Lázaro. No todo ha sido fácil, el miedo también ha estado presente, sobre todo con aquel terrorífico payaso, pero también con extraños seres que ahora mismo sería muy difícil de explicar. También…

Acabo de tener una idea. Corro a mi habitación. El chanchito de cerámica parece desconfiar de mí en lo alto de la estantería. Él también va a hacer un viaje. Uno corto hasta la cocina.

Mi madre me mira sorprendida.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta.

No respondo. Agito la hucha para calibrar su contenido. Asiento para darme el visto bueno y la dejo caer.

—¿Qué ha sido ese estruendo? —escucho decir a mi padre desde el sofá.

Lo imagino sentado, agarrado como una lapa al mando a distancia.

—Nada, papá. Tu mujer y yo… que nos vamos de viaje.

Respondo sin dejar de contar las monedas. Acabo de dejarlas todas alineadas encima de la mesa.

—Poco más de cuarenta Euros. —Miro a mi madre—. Tenemos al menos para dos viajes. ¿Qué prefieres, un viaje a la Alcarria, dar un paseo por los campos de Castilla o tal vez viajar a Nueva York con el poeta?

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