Novedad

Diez pasos al norte, ocho al este, diez al sur y ocho al oeste. Parezco un animal enjaulado. He comenzado a caminar de forma compulsiva alrededor de la habitación. Siempre en el mismo sentido. A simple vista la puerta sigue cerrada. Solo me he molestado en comprobarlo los primeros días de encierro; nada desde entonces me hace sospechar que haya cambiado su estado. La luz, demasiado blanca para mi gusto, nunca se apaga. En el centro geométrico, una mesa y una silla constituyen todo el mobiliario. Mi única comunicación con otras personas, si es que así lo podemos llamar, es el bacín. Cuando está lleno lo saco por una pequeña hendidura de la puerta y alguien, demasiado silencioso para mi gusto, lo cambia por otro vacío y limpio. Con la alimentación ocurre algo que me aterra. Caigo en un profundo sopor; al despertar tengo una bandeja encima de la mesa. Después de terminar con la bazofia insípida, que deben llamar comida, vuelve el letargo para hacer desaparecer la bandeja. Quienquiera que sea el que está al otro lado de la puerta, controla cada uno de mis estímulos.

¿Cuánto tiempo hace que no sé nada del mundo exterior? Comienzo a pensar que nunca voy a salir de aquí. Hace mucho que he perdido la noción del tiempo. Ni siquiera hay una ventana para saber si es de día o de noche. Estoy desorientado.

Después de mucho tiempo sin nada que rompa la monotonía, hoy ha ocurrido algo, una novedad. Junto a la comida han dejado un pequeño objeto que, al principio, me ha parecido algún tipo de pastilla. Es una bala ¿Una amenaza? ¿Habré hecho algo que les haya podido molestar? No sé cómo, porque no he visto ninguna cámara en la habitación, pero de alguna forma conocen mis movimientos. Decido que lo mejor es desafiarlos. Finjo tragármela. No tengo bolsillos, la guardo bajo la ropa interior.

Definitivamente, la bala, debe ser una pieza importante para el guión que han montado conmigo. Han vuelto a dejar otra junto con la comida de hoy. La aparto de la bandeja poco antes de que vuelva el sopor. Al despertar, los restos que dejé de la comida han desaparecido, pero la bala sigue ahí, de pie, sobre la mesa.

Decido investigar el sopor. Ocurre siempre antes y después de comer. Es difícil ajustar los horarios, pero voy a tratar de estar atento cuando sienta el menor síntoma de hambre. Hay unas rejillas en lo alto de la pared sur; tal vez algún gas que entra por ellas me aletarga lo suficiente para noquearme. Me siento bajo ellas y no pienso apartar la vista. Si entra algún gas por ahí lo veré al trasluz.

Es lo que pensaba, apenas acabo de sentir las primeras punzadas de hambre y algún tipo de efluvio ha comenzado a brotar por las rendijas. Aguanto la respiración. Debe tratarse de algún gas fulminante porque ni un minuto ha pasado y escucho el cerrojo. No me muevo, finjo estar inconsciente. Alguien acaba de dejar la bandeja sobre la mesa y sale con rapidez. Vuelvo a respirar, no aguanto ni un segundo más. Todos los días, cuando despierto, la comida sigue caliente; el efecto no puede durar demasiado. Lo tengo, esta vez, aunque no he tratado de escapar, he conseguido mantenerme despierto.

¿Qué pretenden de mí? ¿Por qué me mantienen encerrado? ¿Por qué no hablan conmigo? Mi familia es humilde. No creo que puedan pagar ningún tipo de rescate, entonces, ¿qué narices hago aquí encerrado?

Son demasiadas incertidumbres las que me asaltan a cada rato. Agarro la bala para mirarla más de cerca. Es inútil, no tiene nada de especial. Me surge otra duda, ¿por qué me la han dado? ¿Esperan que haga algo con ella?

Algunas dudas no tardan en desaparecer. Hoy, junto a la comida, han dejado una pistola. He probado la bala; encaja a la perfección. Ahora tengo una pistola cargada con una bala. La otra sigue dentro de mi calzoncillo.

¿Pretenden estudiar cuánto tiempo puedo aguantar dentro de este lugar sin suicidarme? Desde luego lo parece. Creo que ahora tengo todo lo que necesito. Quito la bala. Vuelvo a colocarla. Lo hago muchas veces. Trato de que parezca que estoy ávido por terminar con esta situación. La realidad es que calibro lo que tardo en meter una bala en la pistola. Lo tengo. He memorizado el mecanismo. Podría cargar la pistola con los ojos cerrados.

Es hora de actuar. Está decidido.

El gas no debe tardar mucho en surgir. Estoy sintiendo la primera sensación de hambre. Voy a sentarme bajo las rendijas.

No tengo que esperar demasiado para comenzar a ver el gas. Dejo de respirar. Escucho el cerrojo. La bandeja está sobre la mesa. Antes de que el hombre que me mantiene encerrado pueda evitarlo corro hacia la puerta. Saco la cabeza fuera y doy una bocanada de aire. Le apunto con la pistola. Sorprendido por mi reacción está petrificado en el centro de la estancia, junto a la silla. Lleva una máscara que no impide ver sus ojos. Nos estamos desafiando con la mirada.

Tienes una bala pero somos dos. ¿Has pensado cómo lo vas a hacer?

Debo reconocer que escuchar una voz a mi espalda me ha sorprendido. No esperaba a nadie más. Hubiera podido imaginar que eran más de uno los invitados a este convite. No importa, soy un tipo dado a la improvisación. Doy un paso atrás y cierro la puerta.

Ahora estamos igualados. Una bala, un solo objetivo —respondo.

Una sola mirada me basta para comprobar que ese hijo de puta, con esa cara, nunca podría caerme bien. En un lugar más agradable que en el que nos hemos encontrado, simplemente lo hubiera ignorado, pero apenas tres metros nos separan y las circunstancias no están a su favor. Apunto al corazón. Dadas los antecedentes, no es necesario hacer prisioneros. El estruendo del disparo me ha sobresaltado; tal vez sea por eso o porque no soy muy buen tirador, le he dado en el cuello. Está tirado en el suelo sangrando como un cerdo. Ocupado en taponar la herida, ni siquiera me ha mirado cuando he pasado a su lado. Una última mirada, antes de desaparecer por otra de las puertas, me basta para comprobar que, a pesar de todo, el disparo ha sido efectivo; ya no se mueve.

No estaba mal encaminado con mis elucubraciones. En la sala de al lado hay una pantalla. El tipo al que he dejado encerrado dentro de mi cárcel parece preocupado por su destino. Debe de haber oído el disparo. Teme ser el siguiente.

Después de casi dos horas revisando papeles y archivos, ya sé lo que iban a hacer conmigo. Son, o mejor dicho, eran estudiantes de psiquiatría y yo era su trabajo de fin de carrera. ¿Cuánto tiempo se puede soportar el cautiverio? Interesante.

Acabo de decidir que voy a empezar esta casa por el tejado. Lo tengo todo preparado por estos idiotas, solo que el individuo ha cambiado. Primero haré mi trabajo de fin de carrera y luego, si me gusta, estudiaré psiquiatría.

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