Niebla

A mi abuelo se lo tragó la niebla. Como a su padre. Y al mío. Aquello ocurrió hace muchos años y aunque entonces apenas era un niño, todavía me quedan un buen puñado de recuerdos de aquella época. Todos muy vagos, excepto uno; nadie era capaz de contar historias como él lo hacía.

La tarde anterior a su desaparición, como si el hombre tuviera algún mal presentimiento, nos sorprendió con algo nuevo, algo que nunca antes había hecho; permitirnos elegir de entre todas sus historias, la que deseábamos escuchar. Yo fui el más espabilado para adelantarme a todos.

La de tu padre… cuéntanos cómo desapareció tu padre —grité entusiasmado a mi abuelo.

No porque no conociera esa historia. Todo lo contrario, la había contado tantísimas veces que casi me la sabía de memoria. La pedí porque me encantaba su forma de contarla.

Me acomodé en el suelo, frente a él, sin moverme. No sé el tiempo que tardaba en contar aquella historia, aunque siempre me quedaba con la sensación de que había durado poco más que un suspiro.

…había estado lloviendo durante semanas —como siempre hacía al llegar hasta este punto, cerró los ojos. Me gustaba pensar que era para dejar aflorar durante algunos segundos al poeta que siempre quiso ser—. Después, cuando las nubes dejaron de arrojarnos sus lágrimas, llegaron las nieblas. Eran persistentes y tan espesas que resultaba imposible ver dos metros por delante de la nariz. Salió del caserío a recoger setas una tarde y nunca regresó. Ni siquiera pudimos encontrar su cadáver—, finalizó mirándonos uno por uno a los ojos antes de levantarse.

Caminó hasta la ventana despacio, con las manos en la espalda. Antes de apartar la cortina de un fuerte manotazo estuvo un buen rato de pie frente a ella, como si no se atreviera a tocarla.

La misma niebla que ahora mismo nos acecha ahí afuera —concluyó.

Estaba bien avanzada la tarde del día siguiente cuando mi abuela, la primera en caer en cuenta de su ausencia, dio la voz de alarma.

Es tarde —Comenzó a decir la mujer—. Le debe de haber pasado algo. Hay niebla ahí afuera, como el día en que desapareció su padre. No quisiera hablar de una maldición, pero… ¡Malditas setas!

Nunca lo encontraron.

Mi padre no contaba tan buenas historias como mi abuelo, pero algunos años después, él, también desapareció. Otro día de niebla. Otra excursión micológica. Tampoco conseguimos encontrar su cuerpo.

La voz de Marián, mi mujer, me sobresaltó.

Hace rato que te veo mirar por la ventana. Hay niebla y te pones muy tonto en estos días tan húmedos y tristes —dejó escapar un fuerte suspiro—. No quiero que vuelvas a mencionar la palabra maldición. Lo de tu padre y tu abuelo fue solo una terrible casualidad.

Y lo de mi bisabuelo —añadí.

No puedo evitarlo. Aunque no creo en maldiciones de familia, estos días de niebla me siguen erizando la piel.

No estarás pensando en salir ahí fuera, ¿verdad? Tengo algo que decirte.

Aunque ella conocía mi terquedad, decidí que en ese momento lo mejor era un silencio por respuesta.

Llévate el móvil —dijo Marián, resignada, al verme en la puerta pertrechado con mi ropa de montaña, la preceptiva cesta de mimbre para ir a por setas y el cuchillo—. Aún no tenemos hijos, así que no hagas como tu padre y tu abuelo.

«Y mi bisabuelo», añadí mentalmente antes de marcharme.

No pude evitar sonreír al imaginar su cara cuando descubriera mi móvil encima de la mesa del porche.

La razón por la que esa mañana me desvié de mi ruta habitual sigue siendo un misterio, incluso para mí. Tal vez fuera el frescor, que aún no se había retirado del suelo, el que incitara a ascender por un camino inexplorado en lugar del habitual, más llano y conocido. Qué más dará, ni siquiera a mí me importa demasiado.

Allí estaban los tres, sentados alrededor de una piedra, charlando de forma animada como si nada hubiera ocurrido. No me costó mucho imaginar que el tercero, el único cuya cara no me resultaba conocida, era mi bisabuelo. Entre nosotros nunca hablamos de ninguna maldición.

Las tres cestas, vacías, hablaban de que la recogida de setas era la excusa para aquella reunión familiar solo de hombres. Aparté una de ellas para sentarme en la única piedra que quedaba vacía, entre mi padre y mi abuelo. No era tan incómoda como parecía.

Todos estaban cariacontecidos.

¿Cómo has podido ser tan idiota, hijo? —comenzó a decir mi padre sin dejar de mirarse las manos—. Todos esperamos a tener descendencia antes de venir, pero tú…

Durante un buen rato continuó negando con la cabeza.

Nos encontraron muchos años después, un día sin niebla. A los cuatro. Nuestros cuerpos estaban agrupados, al fondo de un barranco no demasiado lejos del caserío, en un radio de menos de diez metros, entremezclados con las cestas vacías.

Fue un acto extraño, fuera de lo común. Nadie recordaba un funeral para dar sepultura al mismo tiempo a cuatro generaciones de una misma familia. Al menos a mí me sirvió para conocer a mi hijo. Eso es lo que tenía que decirme Marián el día que salí.

No soy tan idiota como pensabas —dije en voz alta mientras señalaba a mi hijo, tan guapo, agarrado a la mano de Marián—. Mira al chaval, es mi viva imagen.

Comenzaba a hacer calor dentro de aquel lugar.

Tú nunca irás a buscar setas, hijo —dijo Marián en cuanto los cuatro ataúdes hubieron desaparecido en el interior del horno crematorio.

El niño no respondió.

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