Mambrú

El impacto contra el agua helada fue brutal. Solo su destreza y una férrea fuerza de voluntad le permitieron caer de pie y mantenerse consciente tras el impacto. Lo primero era desembarazarse del abrigo; en medio de aquel universo de agua no era más que un lastre tan pesado como inútil. A su alrededor millones de burbujas pugnaban con él por llegar las primeras a la superficie. La angustia por no saber cuánto le quedaba para volver a respirar lo atenazaba. Sus pulmones parecían a punto de estallar. La última esperanza de sobrevivir al salto desde la cubierta del buque acababa de abandonarlo. Dejó de bracear. No era capaz de sentir el frío, ni dolor, nada salvo una placentera sensación de ingravidez. Le parecía estar viendo su cuerpo desde la distancia; solo que ya no era suyo.

«Prefiero morir de frío o incluso ahogado antes que torturado por esos hijos de puta para que les entregue mi trabajo de años», pensaba un instante antes de sentir un soplo de aire helado en la cabeza.

La primera bocanada de aire le pareció que tardaba una eternidad en llegar a sus pulmones, la segunda le devolvió la esperanza de vivir, las siguientes terminaron por reanimarlo.

La enorme silueta del Argo, a una vida de distancia, se recortaba contra las últimas luces de la tarde. Aún en el hipotético caso de que alguien, fuera de sus perseguidores, hubiera visto la acción, era imposible pensar que el buque pudiera maniobrar, para salvarlo, antes de que la hipotermia hiciera su trabajo. Definitivamente estaba perdido.

Le faltaron agallas para hacerlo desaparecer.

—Mi madre, donde esté, seguro que me perdona por haberlo jurado por ella, pero no puedo destruir mi trabajo de los últimos diez años —susurró Luis entre dientes mientras grababa todos los archivos.

No demasiado lejos, desde el otro lado de una pantalla de televisión, en el interior de una furgoneta rotulada como si fuera la de una tintorería, un sonriente joven lo vio introducir el lápiz de memoria en su bolsillo.

—¡Ajá!, mi jefe no suele equivocarse —gritó.

Su voz, tal vez por la emoción contenida durante días, sonó demasiado alta para una operación de espionaje. Una anciana, sobresaltada por lo que no esperaba escuchar en una furgoneta estacionada, tiró de la correa de su perro para alejarse con premura del extraño vehículo.

Antes de salir de casa, Luis, echó una última mirada al interior. En la chimenea, entre cenizas, todavía humeaban los restos calcinados de su ordenador.

«Te estás volviendo un loco paranoico o has visto muchas películas de suspense», pensó. Era la segunda vez en poco rato que veía al mismo hombre del suéter rojo.

Recordaba a la perfección el primer contacto que tuvo con esa chusma, como los había definido Braulio, su abogado; fue el sábado siguiente al funeral de su madre.

Miró con desgana el móvil. Un número desconocido. Colgar la llamada fue su primer impulso.

—Ya se cansará —susurró al dejarse caer de nuevo contra el respaldo del sofá.

Pero no se cansó. Era insistente. Aún no había dejado de sonar una vez y volvía a hacerlo de nuevo. A la cuarta o quinta vez no tuvo más remedio que claudicar.

—¡Diga!

Su tono enojado se derritió, como un helado abandonado al sol, por la forma de hablar del extraño. Muy educado y con un fuerte poder de convicción, Luis, entró en su terreno sin apenas darse cuenta. Le agradó saber que Alfonso Ramos, así se presentó el extraño, lo hubiera escuchado en la conferencia que dio en la universidad. Cuando quiso reaccionar estaba negociando vender la patente del láser para uso médico. Cifras de diez dígitos daban vueltas a su cabeza.

—¡No! —gritó.

Durante unos segundos ambos permanecieron callados.

—Estamos hablando de la inversión de ocho años de mi vida… y yo, yo no lo creé por dinero, sino por conciencia moral… —la respiración de Alfonso, al otro lado, sonaba demasiado fuerte para justificar la tranquilidad que había aparentado—. Le diré más, pienso que, con algunas modificaciones, podría ser destinado a un uso para el que jamás deseé que fuera utilizado… —Luis esperaba una respuesta que no llegó—. Nunca lo venderé, ni a usted, ni a nadie, lo juro por mi madre. De cualquier forma, le agradezco el interés que ha demostrado —dijo antes de colgar.

Durante los siguientes días se sucedieron varios contactos más. En cada uno de ellos iba aumentando el tono de las amenazas. Al principio eran veladas, casi no lo parecían, pero en el último de ellos, la primera vez que se vieron, a Luis no le quedó muy claro si Alfonso insinuó que iba a terminar con su carrera o con su vida.

—Voy a destruirlo.

Braulio, el abogado, lo miraba boquiabierto. Lo conocía de toda la vida y, como amigo, vivió en primera persona todos y cada unos de los pasos que llevaron a Luis hasta su descubrimiento.

—Sé cómo te sientes. Haz lo que consideres oportuno. Sabes que, sea cual sea tu decisión, siempre tendrás mi apoyo —dijo.

—De momento voy a estar unos días fuera. Me han invitado a dar una conferencia en Grecia y he pensado, para evadirme de todo esto, cambiar el viaje en avión por una semana en un crucero. Me vendrá bien despejarme y no pensar en esos indeseables.

En el puerto volvió a ver al hombre del suéter rojo. No tardó en perderlo de vista entre la multitud de pasajeros que, como él, esperaban para embarcar.

El capitán resultó ser un hombre encantador. Con toda seguridad, Luis, pensó que venía recomendado por sus anfitriones griegos. El hombre aceptó con mucho gusto el deber de mostrarle todo el buque. Se esforzó por enseñarle los nombres de todos los útiles y aparejos con los que se iban cruzando por cubiertas y salas de mando. Incluso les quedó tiempo para dedicar a conocer de forma somera la jerga de los marinos.

Al cuarto día de viaje volvió a verlo. Ya no era el hombre del suéter rojo, pero no albergaba dudas de que era la misma persona. No iba solo. Enseguida reconoció a su acompañante, era Alfonso.

Apretó con fuerza el lápiz de memoria en su bolsillo y comenzó andar. «Tal vez si llego a la cubierta de mando…», pensaba cuando levantó la vista. El capitán, desde las alturas, era testigo mudo y silencioso del inicio de la persecución.

Corrió. Lo hizo sin esperanzas. Aunque grande, no tenía demasiados lugares donde huir en aquel buque; menos sin la ayuda del que hasta hacía apenas un momento consideraba un excelente anfitrión.

Llegó sin aliento a la popa del buque. Se asomó. La espuma que provocaban las inmensas hélices dejaban una estela blanca que se perdía en la incipiente oscuridad. Recordaba las palabras que le dijo ayer el capitán en ese mismo lugar. «Es una altura similar a la de un edificio de diez alturas».

A su lado la chimenea de las cocinas humeaba sin parar. Recordó sus primeros paseos por el buque acompañado por el capitán. «Mambrú, así me dijo que se llamaban esos enormes respiraderos el grandísimo hijo de su madre», había pensado antes de arrojar al oscuro interior el contenido de su bolsillo. Necesitaba ganar tiempo para pensar. Todos pudieron escuchar el sonido de algo metálico al golpear contra las paredes de acero.

Un leve gesto con la cabeza de su superior fue suficiente para que un marinero que lo acompañaba corriera hasta las cocinas.

Podía sentir el frío del viento en la cara. Estaba rodeado. Miró a sus perseguidores. Seguros de que estaban a punto de conseguir lo que habían venido a buscar abandonaron las prisas; por eso ninguno de ellos pudo evitar que Luis saltara por la borda. Lo hizo justo por encima de donde se leía el nombre del buque con letras doradas y negras, Argo.

Aún en el aire apretó en su mano el lápiz de memoria. La última copia de su invento iba a correr su misma suerte.

Poco después regresó el marinero. En su mano tintineaban unas llaves.

Alguien del grupo recitó en voz alta el epitafio de Luis.

—Nos ha jodido bien —dijo.

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