Nunca a nosotros

Hasta ese día pensaba que las cosas malas, los accidentes, siempre les ocurrían a otros.

Soy incapaz de estimar las veces que pasamos por ese mismo lugar sin otra preocupación que enroscar biela, bromear sobre las capacidades, buenas o malas, del gregario de turno o, simplemente, disfrutar de los paisajes.

Todo ocurrió demasiado rápido para ser consciente de cómo pasó. Bromas, risas entre jadeos por el esfuerzo de la subida, un chirriar de neumáticos cercano, aquella curva, el vehículo de frente, gritos, el golpe, el quejido del metal al retorcerse. El silencio. Sollozos.

Ahora, sentado en aquella cuneta, veo a mis compañeros heridos, las bicicletas retorcidas y desparramadas por el suelo, y lo peor de todo, los cuerpos inertes, boca abajo, de dos de nosotros que no volverán a disfrutar de otra salida.

Miro al conductor; no debe de tener más de veinte años. Tiene los ojos fijos en el volante, está en shock. Da igual de donde venga o adonde vaya, el mal está hecho. Ya no nos corresponde a nosotros juzgarlo.

El tiempo pasa despacio, pero pasa. Han llegado otros vehículos. Tratan de ayudar a los heridos. Muy lejos aún, puedo escuchar el sonido de la primera ambulancia.

Nadie, hasta ahora, se ha preocupado de los cuerpos inertes. El médico le toma el pulso de la carótida a uno, luego al otro. Consciente de que ya no hay nada que pueda hacer por ellos, lo veo negar con la cabeza mientras se dirige al siguiente herido.

No soy consciente de cuánto tiempo ha pasado, pero todos mis compañeros han ido desapareciendo engullidos por las ambulancias. Seis he llegado a contar.

El conductor, sentado en el vehículo de atestados, mira como una grúa retira su coche.

Positivo en drogas y alcohol —escucho decir a uno de los policías de tráfico.

No sé qué hacer. No puedo hacer nada, no puedo decir nada, solo siento que la brisa, agradable hasta hace un momento, ha crecido en intensidad. Es un vendaval. Me envuelve.

Mi otro compañero, católico practicante, hace ya rato que ha visto la luz. No puedo recordar si ha llegado a despedirse.

«¿Qué hago aún aquí?» pienso mientras miro mis manos, mis piernas, mi cuerpo; todo él parece deshacerse en miles, millones de partículas diminutas que se funden con el viento.

Antes de desaparecer, daré una última pasada sobre el responsable para despeinarlo y asegurarme de que nunca olvide que, por su culpa, no volveremos a pedalear.

3 respuestas a «Nunca a nosotros»

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