Tapacubos

Miré sus manos. Ennegrecidas de grasa hasta los nudillos, me hablaban a gritos sobre su ocupación. «Voy a tener suerte. Esta es la persona que he estado buscando desde que llegué a la ciudad», pensé nada más verlo.

El lugar, un restaurante de polígono, la hora, un jueves a las dos del mediodía, y el hecho de que estuviera tomando una cerveza con alguien vestido de forma tan elegante, me hacían suponer que él era mecánico y que su acompañante era un cliente satisfecho de su trabajo.

Agarré de la barra un periódico, arrugado por los cientos de manos por las que habría pasado desde que llegó a ese local, y me senté a su lado. Ninguno de los dos pareció fijarse en mí y continuaron hablando con el mismo elevado tono que habían utilizado hasta entonces.

«Nunca voy a entender qué narices hace la tele encendida y con el volumen tan alto si nadie la está viendo» estaba pensando justo antes de que el camarero se fijara en mí.

—Buenas tardes… ¿Qué tomará?

Miré a mi alrededor antes de decidirme. El mecánico y su acompañante tomaban cerveza.

—Una de esas —dije señalando a los vasos de mis vecinos de barra.

Ellos ni se dieron cuanta del detalle.

Abrí el periódico como si de verdad me fuera a interesar alguna de las estupideces que solía contener. Solo con el fin de disimular, pasaba las hojas despacio y fingía leer, porque, desde que llegué, había puesto toda mi atención en la conversación de al lado.

—…Desde el primer momento te engañaron, esa vibración era del embrague, lo que pasa que aún tenías el coche en garantía y se hicieron los locos hasta que pasó y, para entonces ya era tarde, embrague y transmisión. Dos mil quinientos eurazos —escuché como decía el mecánico.

El cliente apenas hablaba. A decir verdad, creo que ni siquiera lo escuché hablar, solo lo vi dar sorbos a la cerveza y asentir en todo el rato que estuve a su lado.

—¿Has oído hablar del asesino del tapacubos?

Aquella conversación se acababa de poner de lo más interesante, un mecánico hablando del asesino de mecánicos estafadores.

Miró hacia todos los lados y bajó el tono de voz antes de continuar y yo necesité de toda mi concentración para tratar de no perderme ni una palabra.

—Un tipo así haría falta aquí en la ciudad. Si yo te contara lo que se cuece en la mayoría de talleres de por aquí, alucinarías igual que lo hago yo… porque yo soy una persona honesta y nunca sería capaz de engañar a un cliente. De otra forma tú y yo no estaríamos hablando aquí, frente a dos cervezas. No sería capaz de mirarte a los ojos si hubiera tratado de estafarte.

Era todo lo que necesitaba escuchar, llamé al camarero.

—Me cobra la cerveza… y la de estos señores también —dije en voz alta para que me escucharan.

Solo entonces se fijaron en mí.

—¿Le conozco? —me preguntó el mecánico.

—Ah, no, disculpe. Es que, sin querer, he escuchado parte de su conversación y me ha parecido entender que es usted mecánico.

El hombre de los dedos negros asintió.

—Acabo de llegar a la ciudad y los frenos de mi coche llevan unos días haciendo unos ruidos raros. No conozco a nadie y como trabajo cerca de aquí he pensado…

—Ah, claro, no encontrará otro mecánico más honesto que yo. Tome mi tarjeta.

De uno de sus bolsillos sacó una mugrienta tarjeta de visita que me ofreció. Su nombre, casi oculto por una mancha de grasa apenas se podía leer.

—oh, gracias… mmm… ¿Ramón?

—Disculpe lo sucia que está la tarjeta, pero meter la mano en motores ajenos, es lo que tiene. Sí, mi nombre es Ramón.

Justo antes de acabar la frase, me hizo un guiño que simultaneó con un extraño chasquido hecho con la boca.

—Perfecto, Ramón, mañana a primera hora le dejo el coche en su taller. Ah, mi nombre es Roberto.

A las ocho en punto estaba en la puerta del taller de Ramón, esperando. Media hora después llegó él.

—La vida de los mecánicos de precisión —dijo como disculpa por su tardanza—. Ya sabe usted, Adolfo, estás en la cama, te llaman de una urgencia y, como me debo a mis clientes, tengo que acudir. Es lo que tiene ser tan bueno en mi trabajo.

—Roberto.

Ramón me miró extrañado.

—Roberto es mi nombre, no Adolfo —dije.

Miré mi reloj, el tiempo pasaba muy rápido y ya eran casi las nueve menos cuarto.

—¿Qué le pasa al coche? —preguntó Ramón.

—Pues mira, hace solo un mes que cambié las pastillas de freno, pero en los últimos días me ha estado haciendo una especie de chirrido al frenar y me resulta muy molesto. ¿Le das un vistazo y me dices de qué puede ser? Esta es mi tarjeta, llámame cuando sepas algo.

Volvió a hacerme el mismo guiño con chasquido del día anterior y yo comprendí que debía traducirlo algo así como: “No te preocupes, Roberto, te llamo en cuanto sepa de qué se trata.

Una hora después sonó mi móvil. «Vaya, es rápido este Ramón» pensé mientras aceptaba la llamada.

—Hola, Roberto, ya sé lo que le pasa a tu coche… —comenzó a decir en cuanto escuchó mi voz—. ¿Dónde te cambiaron las pastillas?

—Yo vivía en Tristania hasta hace poco, fue en un taller de allí, pero no puedo volver a repararlo, está casi a ochocientos kilómetros…

—Puffff… Pues te va a costar una pasta.

Solo con el “puffff”, me hubiera bastado para saber que la reparación iba a salirme cara.

—Voy para tu taller —dije antes de colgar la llamada.

Salió a recibirme mientras se frotaba las manos con un trapo grasiento y repugnante. Resulta imposible, después del tiempo transcurrido, recordar todo lo que me contó sobre mi coche y sobre el taller donde lo había reparado. Preguntas del estilo de: ¿Cómo fui a parar a semejante antro de estafadores? ¿Cómo pude no darme cuenta de que solo habían limpiado las zapata sin cambiarlas? Etc, etc, etc…

Tuve que cortarle o todavía hoy me las estaría enumerando.

—Joder, ¿Tan mal están? —pregunté alarmado.

Esta vez su respuesta fue solo el chasquido. Que lo hiciera sin el guiño me preocupó aún más.

—Me dan ganas de hacer como ese asesino del tapacubos. Ayer te escuché hablar de él. Debería ir a ese taller de mierda y matar al hijo de puta del mecánico.

Miré a Ramón. Había cambiado el semblante. Diría que mis palabras lo habían puesto nervioso.

—¡Es broma! —dije sonriendo.

—Vaya susto me has dado. Por un momento pensé que… —me hizo un gesto para que lo siguiera—. En fin, mira esto.

Tumbado en el suelo, me iba enumerando todo lo que tendía que cambiarme.

—Entonces dices que los discos también hay que cambiarlos… pero si parecen nuevos, míralos, ni un rasguño parecen tener.

Ramón desde el suelo asentía con una sonrisa estúpida en su cara.

—Bueno, pues si no hay más remedio —dije.

Tras acuclillarme a su lado, tiré con fuerza de uno de mis tapacubos. Creo que fue en ese momento cuando dejó de sonreír.

—Verás, Ramón. Así te llamas, ¿No?

Asintió sin decir nada.

—Bien, Ramón. Hace dos días, yo mismo, porque también, igual que tú, soy mecánico, cambié los discos de frenos de mi coche. Yo los compré, yo los saqué de la caja y yo los pagué. Son nuevos, Ramón.

Lo miré, estaba lívido.

Solo en el último momento se percató de lo afilado que estaba el tapacubos, un segundo antes de que le cercenara la cabeza de un solo golpe.

—Algún día iré a por los dueños de los restaurantes con el volumen del televisor por las nubes —susurré mientras me montaba en mi coche.

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