Porrusalda

—Levántate de una puñetera vez y sal a comer. Esto ya no son horas de dormir.

No necesitó abrir los ojos para reconocer la voz que le acababa de despertar; ni para imaginar el gesto de desprecio que, con toda seguridad, tendría pintado en su cara mientras le hablaba.

—Míralo… ¡El señor don importante se pensará que es! —ahora la voz sonó aún más áspera, si cabe. —Y vaya tufo en esta habitación, no sé cómo lo puedes soportar. ¡Ayer te pondrías bonito!

La mujer tomó una profunda inspiración antes de cruzar toda la habitación, descorrió las cortinas de un solo golpe y abrió la ventana con excesivo ímpetu.

El fuerte golpe que la ventana dio contra la pared le molestó más que escuchar su voz chirriante, pero no abrió los ojos; aún con ellos cerrados, Nacho, podía sentir que el sol de mediodía inundaba con su luz la diminuta habitación. Tiró fuerte de la sábana, para cubrir la cabeza con ella, antes de atreverse a abrirlos.

Ya no volvió a escuchar nada más hasta que un portazo, quizá más leve de lo que hubiera esperado, le avisó de que volvía a estar solo en la habitación.

En cuanto desapareció el eco del portazo, Nacho, se incorporó hasta quedar recostado con la espalda contra la almohada.

«Si tú supieras» pensó y una sonrisa le iluminó el rostro cuando comenzó a recordar la noche anterior… su noche.

Alargó la mano para recuperar la cartera del bolsillo de su pantalón. Miró en su interior y la sonrisa se hizo aún más intensa al ver el fajo de billetes que albergaba.

Dejó de ver su recién aireada habitación para sumergirse en sus recuerdos.

Volvió a vivir la reunión de la noche anterior con Giorgio; la misma donde aceptó hacerse cargo de un trabajito. “Es fácil” le dijo, pero el sabía que su futuro dentro de la banda dependía de que todo saliera según lo planeado.

No tuvo remordimiento alguno al ver a aquel hombre ensangrentado y tendido en el suelo. A pesar de que lo conocía desde siempre, a pesar de que, igual que él mismo, solo era un joven de un barrio marginal que necesitaba ganarse las habichuelas. Incluso sabía que no era mala persona, pero tuvo la mala idea de meterse a repartir hachís en la zona del que iba a ser su jefe y necesitaba dejar buen sabor de boca en su primer trabajo. Lo golpeó hasta dejarlo casi muerto en medio de un charco de su propia sangre.

La noticia había corrido como un reguero de pólvora y, antes de que regresara al restaurante, Giorgio ya era conocedor de que disponía de un nuevo, predispuesto y servicial sicario en nómina.

La gloria le inundó el ego nada más traspasar la puerta del local; dentro, una legión de adeptos de su recién adquirido jefe le esperaba para agasajarlo como se merecía. No daba abasto con las copas a las que invitaban; aún no había dado un sorbo y el barman ya le estaba sirviendo otra. No hacía otra cosa que levantar la cabeza, mirando hacia donde el camarero le indicaba, para saludar a la persona que le acababa de invitar. En ninguna de esas miradas encontró a alguien conocido, pero sí a alguien interesante.

Volvió a tener una erección al rememorar la tórrida escena con aquella mujer. «¿Cómo se llamaba?», estaba pensando en eso cuando otra voz, menos sugerente que la de la mujer sin nombre, le interrumpió.

—¿Quieres hacer el favor de salir a comer?

La puerta se abrió de nuevo.

—Voy, mamá —dijo Nacho.

Levantó la vista para ver a su madre, bajo el quicio, con el gesto fruncido, los brazos cruzados y dando golpecitos nerviosos en el suelo con un pie.

—¿Qué hay para comer? —preguntó para intentar apaciguarla.

—Porrusalda —respondió impertérrita sin mover ni siquiera una pestaña.

—¡Joder! —exclamó Nacho. —¿Qué es eso?

—¡Comida! —dijo.

Era evidente que la mujer se estaba impacientando y no convenía hacerla enfadar más. Nacho se incorporó.

—Un guiso con puerros, lo has comido cientos de veces —aclaró antes de avanzar hasta la silla donde se acumulaba la ropa de Nacho.

Odiaba los puerros, pero ni se le ocurriría replicar a su madre cuando se encontraba en ese estado. Pasó frente a ella con una sonrisa, pero sin atreverse a mirarla a los ojos.

—Ni siquiera has sacado la ropa para lavar — escuchó decir a su espalda.

La mujer había hecho una pausa para olisquear la camisa. —¡Apesta! —concluyó.

Apenas le había dado tiempo a sentarse en la mesa y de nuevo su madre estaba frente a él.

—¿Y este dinero? ¿De dónde narices lo has sacado?

En su mano estaba el fajo de billetes y lo agitaba de un lado a otro, igual que si se abanicara con él.

Al principio, Nacho, trató de no darle demasiada importancia. —Ah, no es nada —dijo.

La respuesta consiguió todo lo contrario a lo que pretendía.

—¿Nada? ¿Me vas a decir que esto no es nada? ¿Cuánto dinero hay? —no esperó la respuesta de su hijo —¿Ochocientos o mil Euros? ¿En qué estás metido?

Esperó unos segundos más.

—¿Me lo quieres decir? —insistió al ver que Nacho seguía con la mirada fija en el plato de porrusalda.

Nacho balbuceó algunas palabras inconexas antes de decidirse a cantar como un tenor.

—Verás… le hice un trabajito a Giorgio…

—¿Giorgio? ¿Ese imbécil que se cambió de nombre para hacerlo sonar más duro? No sé quién es más idiota de los dos, si tú, por dorarle la perdiz, o él, por tratar de que no le llamen Jorge —lanzó una mirada amenazadora a su hijo. —Esta tarde iremos a hablar con él y a devolverle ese dinero.

—Pero mamá…

—Ni mamá, ni mierdas… y ahora, ¡cómete la porrusalda!

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