Mamotreto

Echó la cabeza a un lado para esquivar con la mirada el enorme mamotreto que utilizaba como pisapapeles y miró sorprendido hacia la puerta; era la primera vez que alguien llamaba al timbre desde al menos dos semanas atrás. Por un momento estuvo tentado de fingir que no estaba, pero en un último arrebato se decidió a abrir. Apagó su cigarrillo, bajó los pies de la mesa y comenzó a ponerse uno de los zapatos que tan solo un rato antes se había quitado de forma distraída. El otro, escondido como si tuviera vida propia, tardó más de la cuenta en encontrarlo tras una de las patas de la mesa.

«Debe de ser algún acreedor. A ver quién me mandaría heredar la profesión de mi padre. Entonces eran otros tiempos, pero ahora… en fin» pensó mientras se anudaba los cordones.

El timbre volvió a sonar y esta vez lo hizo con insistencia.

Resopló mientras terminaba de anudar el segundo zapato.

—Ya voy, ya voy, ¡impaciente! —gritó desde el sillón.

Quien quiera que fuera el visitante estaba perdiendo la paciencia al otro lado de la puerta. Comenzó a aporrearla.

—¡Joder! No tienes nada mejor que ha…

Las palabras se helaron en sus labios nada más abrir. Durante unos segundos ambos permanecieron en silencio.

—Hola Verónica —fue su lacónico saludo cuando se decidió a hablar.

—Hola Marcos —escuchó decir a su espalda.

Apenas un segundo antes se había dado la vuelta y caminaba de nuevo, dando la espalda a la recién llegada, hacia su escritorio.

Conocía muy bien a su exmujer y desde el mismo momento en que la vio, supo que solo podía venir a verle por algún asunto relacionado con su trabajo de detective. La última vez que se habían visto fue en los juzgados, hacía ya por lo menos cinco años, cuando ambos fueron a firmar la sentencia de su divorcio. Desde entonces no habían vuelto a saber nada el uno del otro y ahora, sin venir a cuento, llamaba a su puerta, maquillada y vestida con sumo cuidado, muy al contrario de lo que solía hacer cuando su matrimonio daba los últimos estertores.

Marcos, sentado tras su mesa la contempló un instante. Ella, altiva como si fuera miembro de la realeza, sacudió el polvo de la silla de cortesía antes de sentarse. Cruzó las piernas emulando a la tórrida y manida escena del cine norteamericano y ambos se sumergieron en un incómodo silencio.

«Desde que nos divorciamos no he levantado cabeza. Y sin embargo mírala a ella. parece que las cosas no le han ido tan mal. Ha mejorado con el tiempo, se preocupa de la ropa que se pone, habrá adelgazado… no sé, ¿tal vez quince, diecisiete kilos? Quizá me equivoqué al decidir divorciarme y no…»

Verónica tosió para interrumpir sus pensamientos.

—A este despacho le falta una buena mano. ¿Cuánto hace que no quitas el polvo? ¿Y que no le pasas un agua a este suelo? Y ya no diré nada de la puerta de ese armario… ¡Abierta! — Verónica hizo una pausa y pareció girar el cuello a modo “niña del exorcista” para mirar, en un ángulo de casi trescientos sesenta grados, antes de continuar. —Las paredes sin cuadros, y mírate tú… barba de tres días que te da aspecto desaliñado, ropa como de estar por casa para venir a trabajar, te comes las uñas… y mira tu mesa… llena de papeles desordenados.

Marcos no esperó más.

—Imagino que has venido por algún asunto relacionado con mi trabajo y no a juzgar como me va la vida —dijo antes de incorporarse.

Verónica asintió e hizo el ademán de responder, pero Marcos se adelantó.

—Lo siento, tengo demasiado trabajo como para atenderte. Coge las páginas amarillas y busca otra agencia como la mía; una que esté más limpia y cuidada y en la que te atiendan recién afeitados. No puedo perder el tiempo.

La mujer lo miró con un gesto mezcla de asombro e indignación.

—Y ahora, si me haces el favor, tengo millones de cosas que hacer y me debo a mi trabajo.

Caminó hacia la puerta, la abrió y esperó impaciente a que saliera de su despacho. Cerró la puerta en cuanto Verónica salió de allí sin despedirse.

«No, no me equivoqué. Tomé la decisión acertada. Vaya pesadez de persona» pensó Marcos al tiempo que alargaba la mano para agarrar el enorme pisapapeles.

—Joder, esto fue uno de sus primeros regalos —susurró.

Hizo un gesto de repulsión, lo alzó sobre su cabeza y acabó estampando el mamotreto contra la pared de enfrente.

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