Irenismo

—Nuestra agencia de noticias intentó cientos de veces ponerse en contacto con usted en la cárcel para solicitarle una entrevista y su respuesta siempre fue “no”…

Los ojos de Miguel se posaron en la cara la cara de la periodista. Durante un segundo la mujer calló. Sabía que su pregunta impactó al destinatario y que ella iba a tener el dudoso honor de ser la elegida para inaugurar la rueda de prensa. Sonrió.

—… ¿Por qué ahora, cuando ha acabado de cumplir la totalidad de la condena?

Después de tantos años siendo uno más, se deleitaba con este momento. Había pasado mucho tiempo desde que lo condenaron, veinte años y un día para ser exactos, y desde que fue consciente que el suyo había sido un caso mediático para la prensa, no pasó un día en el que no imaginara cómo sería este instante y ahora, por fin, iba a tener su momento de gloria.

—Me encanta que me haga esa pregunta… —comenzó a decir.

Su abogado, el conocido García Valles, lo había aleccionado bien. Recordaba bien sus palabras: “No te precipites con las respuestas, yo te enseñaré coletillas que las puedes utilizar para ganar tiempo y no dar la primera respuesta que se te pase por la cabeza. Es importante sacar buena nota en esta primera entrevista, porque si sales bien parado, la telebasura se te va a rifar para llevarte a sus platós. Y eso significa dinero para ti y, obviamente, para mí”.

—… En aquel momento aún no estaba preparado. Ha tenido que pasar todo este tiempo para que, decenas de sesiones de rehabilitación después, esté listo para reincorporarme sin temor a que vuelva a reincidir en aquellas diabólicas locuras que hice.

Se produjo un rumor en la sala; alguien acababa de entrar en ella y debía de ser alguien muy conocido entre los ciento de periodistas que se apretujaban en los bancos, porque todos lo miraban y, en la mayoría de caras, estaba dibujado el asombro.

Miguel, con decenas de focos apuntándole, era incapaz de ver la cara de aquel individuo que avanzaba por el pasillo hacia el estrado donde se encontraba.

—¡Sigue explicando tu rehabilitación, no te quedes callado! —le susurró García Valles desde la silla de al lado.

—He estudiado a conciencia el Irenismo, esa doctrina que preconiza la paz a ultranza y las actitudes pacíficas y conciliadoras —continuó diciendo Miguel.

García Valles asentía satisfecho por las palabras de su pupilo.

Apenas unos metros los separaban del recién llegado y todavía eran incapaces de ver su cara.

—¿Irenismo? ¿No crees que es un poco tarde? De haberlo hecho veinte años atrás, mi hija seguiría viva aún —dijo el desconocido.

El abogado había coincidido en algún plató de televisión con ese hombre y no tuvo problema en reconocerlo por por la voz; era Jesús, el padre de la víctima de su cliente. Visiblemente nervioso miró en todas direcciones sin ver lo que buscaba con tanto ahínco.

—Me sorprenden dos cosas de esta rueda de prensa —continuó diciendo Jesús—. Una es que tú, cerdo asesino, hables de Irenismo como si eso te sirviera para purgar tu crimen… la otra cosa que me sorprende es la total ausencia de policía en esta rueda de prensa.

Se oyó un “clac” en toda la sala. Jesús dio dos pasos al frente. Solo entonces a Miguel y al letrado se les hizo evidente el arma con el percutor amartillado.

—No —gritó Miguel.

Cerró los ojos al ver el cañón a escasos centímetros de su cabeza. El disparo lo sobresaltó, pero pudo escucharlo y, salvo el susto, no sintió nada más en su cuerpo. Abrió los ojos para ver como era su abogado el que caía al suelo desmadejado.

—Tú, ya no volverás a lucrarte con las desgracias de las víctimas de tus clientes —dijo Jesús.

Otro “clac” como el anterior volvió a resonar en la sala, Jesús volvía a tener el arma preparada para volarle la cabeza .

Miguel, cerró los ojos de nuevo. Esta vez el disparo le sorprendió por donde lo recibió. Cayó al suelo, al lado de García Valle, con las manos agarrando lo poco que debía quedar de sus genitales bajo la mancha de sangre que crecía en su pantalón.

—Tú, ya no volverás a violar a ninguna mujer… ¡Nunca!

Miró durante algunos segundo como Miguel se retorcía de dolor. Lo remató de un tiro en la sien, a quemarropa.

—Ahora veré si estudiar el Irenismo es tan bueno como dicen.

Se sentó en el suelo, dejó el arma a su lado, colocó las manos sobre la cabeza y espero paciente la llegada de la policía.

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