Chuchurrío

Tan solo una milésima de segundo antes aún estaba convencido de que era el maestro del sigilo. Había estudiado hasta el más mínimo detalle para salir airoso de su recién descubierta incursión nocturna y aquella voz de mujer le hizo bajar del pedestal al que las circunstancias lo habían subido; le habló, por primera vez, de su estrepitoso fracaso en el juego.

—¿De dónde vienes con tanto disimulo, Hugo? —la voz de su madre, a esas horas de la madrugada, sonó más agria que de costumbre.

No respondió, ya era consciente de que en cuanto ella recibiera la noticia ataría cabos y, con el odio que le profesaba, no iba a dudar en señalarlo como principal sospechoso.

«Maldito cinco, podía haber salido cualquier otro número, pero no, tuvo que salir…» pensaba Hugo cuando el sonido del timbre le devolvió a la realidad; ni siquiera una hora había transcurrido desde que llegó, todo iba demasiado rápido.

Apenas hacía un año desde que la llegada de Alberto al instituto cambiara su vida para siempre. Antes de su llegada, por el hecho de ser demasiado bajo para su edad y por su exceso de peso, se había convertido en un chico tímido y retraído, antes incluso de que comenzaran a llamarlo Chuchurrío y, cómo no, de que comenzara a ser maltratado por sus compañeros. Pero llegó él y todo cambió.

La voluble suerte que, hasta ese momento le había evitado, hizo que viera como Alberto perdía su cartera al salir de un coche, frente al instituto. La recogió con prisa y corrió para devolvérsela.

Toma, he visto como te caía del bolsillo, allí, junto al aparcamiento —dijo Hugo.

Con su mano señalaba hacia un punto que Alberto siguió con la mirada. Luego, muy despacio y sin decir nada, abrió la cartera para comprobar su contenido. Un guiño fue su respuesta antes de marcharse en dirección a la puerta.

Me llamo Alberto —dijo desde la distancia.

Su agradecimiento llegaría un poco más tarde, al salir de clase, al mediodía. Hugo, como solía ser habitual en los últimos tiempos, estaba siendo increpado por un grupo de compañeros.

Mira al gordo chuchurrío —escuchó decir con los ojos cerrados.

No tardó en verse rodeado y era consciente de lo que iba a llegar a continuación; una retahíla de golpes y de insultos. Pero no llegaron. En su lugar, escuchó como alguien a su alrededor recibía una fuerte colleja. Le sorprendió escucharla y que no fuera él quien la recibiera. Abrió los ojos.

Alberto había dejado su mochila en el suelo y acababa de golpear a su principal verdugo. Permanecía frente a él, impasible, atravesándolo con la mirada. Tan acostumbrados estaban a que nadie les plantara cara que ninguno reaccionó. El eco de la siguiente bofetada resonó por todo el patio y el maltratador no esperó a recibir un tercer golpe, bajó la cabeza humillado, recogió sus cosas y se marchó. Acababa de perder su estatus, nadie lo siguió; sus esbirros acabaron marchándose también, pero en dirección contraria.

Gracias —dijo Hugo.

Alberto no respondió. Le obsequió con una sonrisa, afianzó la pesada mochila en su espalda y comenzó a andar. Hugo no tardó en seguirlo, en cuanto acabó de recoger todas sus cosas desperdigadas por el suelo.

Nadie volvió a meterse con Hugo en el instituto. Acabaron siendo inseparables y fue Alberto quien lo introdujo en aquel juego de rol; él era el director del juego y su creador. Incluso había dibujado el tablero.

Acababa de sacar un cinco. El arma tendría que ser un cuchillo de cocina.

«Es imposible que vuelva a sacar otro cinco» pensaba con los ojos cerrados mientras rodaba el dado.

¡Cinco! —escuchó decir a Alfredo.

Hugo contó con desgana.

No, Alfredo —dijo.

Llámame Director. Estamos jugando —le respondió muy serio.

Pero…

¡Hazlo!

La última orden de Alfredo todavía resonaba en su cabeza cuando guardó en su mochila el cuchillo de cocina de su madre.

Entre los dos eligieron con extremo cuidado el momento y el lugar. Sería sobre las diez y media de la noche, después de que llegara del trabajo, en el descampado al lado de la urbanización donde vivían.

Hugo nunca olvidaría la cara de sorpresa de su padre cuando sintió clavarse aquel enorme cuchillo en su vientre.

Ya voy, ya voy —escuchó gritar a su madre desde el pasillo.

Unos nudillos golpearon con saña la puerta de su casa y las palabras que los acompañaron, aunque esperadas, lo sobresaltaron.

¡Abran, policía!

Durante mucho rato los escuchó hablar en el salón. No podía entender lo que decían porque la puerta estaba cerrada. De vez en cuando escuchaba lo que debían ser sollozos de su madre. Con toda seguridad le estaban dando detalles del asesinato de su marido.

Salió de su habitación cuando escuchó un portazo. Se habían marchado.

Buscó en el salón, pero su madre ya no estaba allí. Le sorprendió encontrarla en la cocina.

No te preocupes, lo odiaba… me has hecho un enorme favor.

La confirmación de que, pasara lo que pasara, tendría una coartada perfecta, hizo que deseara volver a jugar.

Si hubiera salido un cuatro le hubiera tocado a aquel estúpido abusador. La siguiente vez tendré más suerte. Nadie volverá a llamarme Chuchurrío —susurró Hugo.

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