Almuédano

Ahora, Zeit, después de todo lo que hemos hablado, deberías ser capaz de recordar el camino que te ha traído hasta aquí.

Esas palabras, carentes de sentido si no era capaz de recordar las anteriores a ese instante, seguían resonando en su cerebro como si de un eco interminable se tratara.

Continuó mirando hacia donde el hombre, con aquel anacrónico turbante en su cabeza, acababa de desaparecer tras un recodo del camino.

«Es increíble imaginar como algunos tipos son incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos que corren» pensó poco antes de emprender el camino en sentido inverso.

Él se había adaptado y, a sus años, aunque nunca los había utilizado, era capaz de reconocer los avances de la tecnología en cuanto los veía. En los veranos era frecuente ver a los niños pasar junto a él inmersos en esos pequeños aparatos que, algunas veces, también utilizaban para hablar con otras personas a distancia, ¡Diabólicos! Y qué decir de esos extraños vehículos que dejaban un desagradable olor a su paso y que les servían para desplazarse sobre cuatro ruedas sin que ningún caballo tirara de ellos, ¡Un horror!

Sí, él había sido testigo del avance de los tiempos en el pueblo y también del cambio de actitudes; de como la gente había dejado de profesar la fe de los mayores para sumergirse en actitudes que, con frecuencia, resultaban más propias de herejes. «En otros tiempos hubieran sido lapidados» solía pensar.

Pero todo el malestar que le producían los avances de los nuevos tiempos, se tornaba alegría cuando recordaba todo lo bueno que proporcionaron sus ancestros al pueblo. Fueron ellos los que vieron las nuevas oportunidades que traería al pueblo canalizar el agua del manantial para el riego y el consumo humano, los que decidieron modelar las abruptas laderas de las montañas para aumentar de esa forma la superficie de cultivo, quienes construyeron el horno de la comunidad y crearon lo que se podría considerar en primer centro de obstreticia de la comarca, donde acudían las mujeres de los alrededores a parir; la paridera acabaron llamándola. Y ya no entraba en toda la cultura, escrita y hablada, que trajeron a una zona plagada de bárbaros iletrados. Definitivamente, eran gentes de los que cualquiera podría sentirse orgulloso.

Zeit miró al cielo; las primeras estrellas comenzaban a hacerse visibles entre el azul, cada vez más oscuro, del cielo vespertino.

Una cantinela conocida comenzó a hacerse patente desde la distancia. Imposible no reconocer la voz del almuédano que él mismo, junto a otros ancianos del pueblo, había elegido, por su tono de voz, por su personalidad y por la cultura que a través de los años había atesorado.

El canto del almuédano recordaba, a quien la escuchara, que era la hora de la quinta oración del día para los musulmanes.

No puede ser —susurró Zeit—. Hace mucho tiempo que echaron a los musulmanes de estas tierras. Yo mismo me convertí al cristianismo.

Allá abajo, recortándose sobre la silueta del pueblo, le pareció ver lo que debía ser un antiguo minarete. Nunca antes lo había visto.

Lo miró con asombro durante un instante, aquella construcción era propia de otras tierras que había conocido, pero no recordaba ninguno en el pueblo. Poco a poco la imagen se fue difuminando ante sus ojos hasta desaparecer por completo. De nuevo volvía a ser el pueblo que recordaba, pero algo era diferente. «Tal vez hay mucha luz» pensó mientras miraba sus manos. También estas, como el resto de su cuerpo, comenzaban a difuminarse ante su estupor.

Recordó entonces su nombre de cristiano, Vicente Bellvís, el momento de su muerte y, lo que más le incomodó, que debía emprender su camino y abandonar para siempre las tierras que tanto amaba.

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