Jerbo

«Bonita forma de comenzar la noche», pensó Roberto mientras miraba al paciente que le acababan de endosar.

El chico, que yacía inconsciente en la camilla, no tendría más de veinte años. Ni siquiera cinco minutos habían transcurrido desde que una ambulancia del 112 lo había dejado en la puerta de urgencias. Mientras lo sacaban, el médico de la UCI móvil, como en un soniquete rutinario, fue cantando todos los datos médicos que podría necesitar para hacerse cargo de él. Unas palabras, fuera de lo habitual, llamaron la atención de Roberto.

—¿Has dicho setas alucinógenas?  —preguntó.

—Sí, encontramos varias, la mayoría parcialmente comidas y muchas de ellas desparramadas sobre su cuerpo cuando lo recogimos. Debe de llevar un colocón interestelar.

Roberto, aunque fingió no hacerlo, escuchó con claridad la risita que se le escapó.

Aún andaba molesto por el sarcasmo de su colega, cuando el paciente abrió los ojos.

—¡Joder, mi médico es un unicornio! —fue lo primero que dijo.

Roberto no pudo hacer otra cosa que sonreír.

«Las puñeteras setas» pensó mientras hacía grandes esfuerzos por ocultar su sonrisa.

—Un unicornio rosa, con un laaaarguísiiiiiimo cuerno azul en la frente.

—Lo que pueden llegar a hacer los dichosos hongos… —susurró, Roberto para sí. —Todos, menos él, saben que los unicornios no existen… —convirtió la sonrisa inicial en una risotada siniestra, histérica. —Y todos saben que yo soy un jerbo.

Meneó varias veces el hocico antes de dar un enorme salto para llegar junto al paciente.

 

comenzar la noche», pensó Roberto mientras miraba al paciente que le acababan de endosar.

El chico, que yacía inconsciente en la camilla, no tendría más de veinte años. Ni siquiera cinco minutos habían transcurrido desde que una ambulancia del 112 lo había dejado en la puerta de urgencias. Mientras lo sacaban, el médico de la UCI móvil, como en un soniquete rutinario, fue cantando todos los datos médicos que podría necesitar para hacerse cargo de él. Unas palabras, fuera de lo habitual, llamaron la atención de Roberto.

—¿Has dicho setas alucinógenas?  —preguntó.

—Sí, encontramos varias, la mayoría parcialmente comidas y muchas de ellas desparramadas sobre su cuerpo cuando lo recogimos. Debe de llevar un colocón interestelar.

Roberto, aunque fingió no hacerlo, escuchó con claridad la risita que se le escapó.

Aún andaba molesto por el sarcasmo de su colega, cuando el paciente abrió los ojos.

—¡Joder, mi médico es un unicornio! —fue lo primero que dijo.

Roberto no pudo hacer otra cosa que sonreír.

«Las puñeteras setas» pensó mientras hacía grandes esfuerzos por ocultar su sonrisa.

—Un unicornio rosa, con un laaaarguísiiiiiimo cuerno azul en la frente.

—Lo que pueden llegar a hacer los dichosos hongos… —susurró, Roberto para sí. —Todos, menos él, saben que los unicornios no existen… —convirtió la sonrisa inicial en una risotada siniestra, histérica. —Y todos saben que yo soy un jerbo.

Meneó varias veces el hocico antes de dar un enorme salto para llegar junto al paciente.

 

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