Ámbar

El color ámbar del semáforo, unos cincuenta metros por delante, captó la atención de Alberto.

—¡Maldita sea! —murmulló mientras sus dedos se tensaban con fuerza sobre el volante.

Sin tiempo que perder, estudió todas las posibilidades que aquella concurrida avenida le ofrecía a esas horas de la mañana; la primera calle a la izquierda resultaba imposible de transitar, un camión de reparto la taponaba casi desde el mismo principio. En el otro lado, un disco de dirección prohibida, aunque a simple vista la calle pareciera despejada, le impedía utilizarla como vía de escape. «Inviable, si lo hago, pondré en peligro a viandantes despistados», pensó. Y no había otra salida antes de llegar al semáforo. Levantó el pie del acelerador. El corazón le latía con fuerza en las sienes.

Los faros, de al menos otros dos coches, lo miraban amenazadores desde el retrovisor. Uno de ellos, con una sutil maniobra, se colocó a su izquierda al llegar al semáforo; el otro lo hizo detrás, a escasos centímetros de su parachoques.

—Estoy bien jodido —dijo con los dientes apretados.

Miró al conductor de al lado que le devolvió la mirada desafiante. Un leve movimiento a través del cristal de la ventanilla trasera, perceptible solo por sus ojos entrenados durante años para la acción, le indicó que al menos eran dos las personas que ocupaban el vehículo. Él tampoco estaba solo, su nieta de apenas ocho años viajaba con él y eso le complicaba la vida en ese instante.

Echó mano al interior de su chaqueta. Fue un movimiento reflejo heredado de los muchos años de servicio porque desde que lo jubilaron no portaba armas y su mano se cerró en el vacío.

—Estoy indefenso, pero no arrojaré la toalla, lucharé por mi nieta… —respiró varias veces en profundidad tratando de relajarse. —Y por mí —concluyó un segundo antes de apretar hasta el fondo el acelerador.

Las ruedas de tres vehículos hicieron chirriar sus neumáticos casi al unísono y en tan solo unos metros él parecía estar un poco por delante, aunque tan próximo al otro que esa distancia no resultaba definitiva para su plan. Si quería salir airoso de aquel envite necesitaba girar a la izquierda el primero en la próxima intersección, pero, con la niña en el asiento trasero, lo primero en lo que tenía que pensar era en velar por su seguridad.

Hasta el último instante no fue consciente de lo que iba a hacer. Estuvo tentado de forzar más la situación, pero frenó en cuanto comprobó que era imposible girar sin darle al vehículo de la izquierda. «Si hubiera ido yo solo te ibas a enterar, ¡Gilipollas!», pensó, pero ahora ya no dependía de sí mismo, estaban atrapados, vehículos aparcados a ambos lados de la calle, un único carril, un coche delante y otro detrás.

En cuanto vio que el coche de delante se detuvo, él también lo hizo… lo mismo que el de detrás. Los tres conductores bajaron a la vez, no había tiempo que perder.

Alberto corrió para abrir la puerta trasera. Un chorro de vómito lo recibió. Dentro, María, con el gesto descompuesto, lo miraba con el ceño fruncido.

—Voy a decírselo a mamá, todos los días igual, ya va siendo hora de que madures, abuelo. Tus tiempos de espía acabaron antes de que yo naciera.

María se quitó el cinturón, salió del coche, cogió con un fuerte manotazo el pañuelo que le ofrecía su abuelo y, sin despedirse, se dirigió a la puerta del colegio.

—¿Estás bien, María? —preguntó Alberto elevando la voz sobre el griterío de los niños que iban llegando.

La niña continuaba limpiándose y ni se giró.

—¡Madura de una puñetera vez, abuelo! —le gritó desde la puerta.

«Otro día que llegamos los últimos al cole, pero hoy, si no hubiera por aquel maldito semáforo en ámbar, otro gallo hubiera cantado», pensó Alberto mientras volvía la vista al pañuelo con el que trataba de limpiarse las salpicaduras de vómito del pantalón.

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